Vivir

VIVIR

“Desde luego que esta reflexión sobre el sentido de la vida se debe entender primordialmente como una respuesta a la actual situación de la moralidad en la sociedad de consumo o, mejor dicho, como respuesta a la esclavitud moral y cultural a la que esta sociedad conduce al individuo.”

Qué duda cabe que entre la vida y la muerte hay un vínculo demasiado fuerte como para tratar de entender, filosóficamente hablando, la una sin la existencia de la otra. Será por eso que dicen por ahí que el ser humano comienza verdaderamente a apreciar su vida cuando ve cercana la muerte. Gran verdad –y gran error-. Aún así, considero que no es en sí misma la cercanía de la muerte lo que da valor a la vida, si no que, muy al contrario, es el final de la vida lo que acaba por restarle todo el temor del hombre a la muerte. Miedo tiene, sin duda, el ser vital a perderse en las tinieblas de lo desconocido, pero no le falta valor al ser perdido, al moribundo, al que se quedó sin argumentos para seguir adelante, de entregarse en cuerpo y alma a los abismos del qué vendrá. Tampoco teme a la muerte el ser convencido de la existencia del más allá, que ha cumplido con las mundanas exigencias dictaminadas por su fe para alcanzar plácidamente el paraíso. El anciano satisfecho, el enfermo crónico, el sabio iluminado, el religioso devoto y cumplidor, son personas todas ellas que, por unos u otros motivos, encuentran en la muerte el placentero final a un viaje por un mundo de deseos, necesidades y aspiraciones siempre regido por la frontera absurda que nos marca el tiempo, y de cuyas cadenas al fin podrá liberarse.

Uno nace, crece, vive y el tiempo siempre está ahí. Te controla, te amenaza, te recuerda lo insignificante que eres. Un día, otro y otro, siempre con sus horas, sus minutos y sus segundos, siempre atándote a una realidad de la que no puedes escapar, una realidad que te supera. Solo cuando nos perdemos, despiertos o dormidos, en el mar de nuestros pensamientos podemos sentirnos liberados de las cadenas del tiempo. Una mera ilusión, una pura apariencia, un pequeño engaño de la mente que nos ayuda a desahogarnos de las ataduras del reloj. Pero todo lo nacido tiene un final, y este final para el hombre es también una liberación del peso de sus propias cadenas. Desde la más longeva de las galaxias al más breve de los susurros, no existe elemento material alguno capaz de vivir eternamente. El envejecimiento, pues, nos hace uno con el universo material. Y envejecer no es, en última instancia, otra cosa que acercarse a la muerte. Así, amigos, la muerte nos hace ser uno con el universo material, y sin embargo, es precisamente nuestra manera de concebir la muerte lo que más nos aleja de la naturaleza. Unos la ven como una liberación, otros la sienten como un temor consciente, como un drama trágico que se puede convertir en un escapar hacía no se sabe donde. Es precisamente ésta una de nuestras grandes condenas existenciales: ser y tener conciencia de la muerte. La conciencia que el ser humano tiene del acto de su propia muerte es una trampa existencial que nos ahoga y nos oprime como seres libres. No solo nos induce a vivir ciertamente atemorizados ante la constante amenaza del último suspiro, si no que, y esto es lo verdaderamente opresor, ha servido históricamente para poner en bandeja de plata la libertad de nuestras consciencias en manos del poder establecido. Durante siglos el cristianismo occidental ha sabido jugar con el – humano- miedo a la muerte para subyugar nuestras conciencias en pos de una gran mentira ahora descubierta por la razón: la existencia del más allá como dador de sentido del mundo y de la vida. Nietzsche sería el primer gran autor en avisarnos del potencial nihilista encerrado en esta manera absurda y resignada de entender la vida en el mundo. Cuando la gran falsa fuera descubierta –como así lo ha sido-, la humanidad caería en un periodo de absoluta falta de sentido que arrastraría consigo toda significación moral y vital –como así lo ha sido-.

Ciertamente la carencia de sentido de la vida humana en sí y por sí misma ha quedado de absoluto manifiesto ante los ojos de la historia. Por ello, si realmente nos atreviéramos a ser consecuentes con nosotros mismos como seres y como especie, tal vez el absurdo de la vida debiera ser el tema estrella en la reflexión filosófica actual. El tema que encuadra en sí mismo todo germen de progreso moral y cultural en los valores establecidos por el sistema social imperante. Si partimos de la idea de que la propia existencia es un absurdo, un capricho del destino sin más sentido que su propio ser, tal vez no resulte extraño concluir que es precisamente este absurdo la verdadera e inevitable causa que se esconde tras la sustitución de la religión por el “capitalismo social”. Un absurdo es algo irracional, algo que carece de todo sentido de existencia, algo que por sí mismo no está orientado hacia ningún fin particular, ni tiene mayor trascendencia que la charlatanería. Una sociedad sustentada sobre el culto a este absurdo es una sociedad nihilista. Y díganme ¿qué es nuestra vida actual si no eso? , ¿No es esto lo que siente la sociedad occidental una vez ha sido consciente de la muerte de Dios y la perdida de confianza en el más allá que ello ha implicado? Así es nuestra vida en su esencia actual: un absurdo que nos condena una y otra vez al aburrimiento existencial. Así es nuestra sociedad en su esencia: un nihilismo que nos hunde en la más mísera de las realidades morales y culturales. Buscamos ansiosamente escapar de semejante cadena, que nos esclaviza y nos impide avanzar como seres pensantes conscientes de su propia existencia, pero por más que lo intentamos, por más que lo buscamos, al final volvemos siempre al mismo punto, al final acabamos siempre planteándonos hasta que punto merece la pena todo lo que hacemos. Es el nihilismo en su máxima potencia que nos aprieta y nos ahoga cuando todo acaba volviendo al absurdo y a la nada.

Y es que, por más que nos duela reconocerlo, realmente así es nuestra vida actual, en nuestra sociedad actual, una vez nos hemos conseguido liberar de las cadenas vitales atadas en la creencia en el más allá: un absurdo total. Y es absurda porque a diferencia de las sociedades religiosas o míticas, carece de significación constante a la que agarrarnos para justificar nuestra existencia, encerrándose en este hecho, de patente inestabilidad dentro de la fugacidad de cada momento, un total sin sentido. Disfrutamos las cosas por unos momentos muy concretos y las volvemos a rememorar tantas veces como queramos o podamos, pero al final todo lo que no sea el propio hecho de existir, la propia realidad de ser, es un absurdo sin sentido que no te aporta absolutamente nada como ser existencial. El conocimiento es absurdo, la experiencia es absurda, el pensamiento racional es, de todo lo que existe, lo más absurdo que hay. Existimos para vivir, y vivimos para existir, y dentro de esa dualidad inmutable, nos hundimos más y más en el absurdo. Nada tiene sentido en sí mismo, nada es lo suficientemente trascendente como para proporcionarnos un placer eterno e invariable por el que merezca la pena vivir cada día, levantarse cada mañana. Estamos condenados a replantearnos una y otra vez, cada día, cada noche, los acontecimientos que nos rodean: lo que estamos viviendo, los vividos y los que están por vivir. Solo así logramos darle a nuestras vidas ese puntito de sentido descafeinado que nos haga mirar hacia delante con ilusión y ganas de seguir. Tal vez sea esta nuestra naturaleza más profundamente existencial, una naturaleza que se mantuvo oculta y subyugada durante milenios para resurgir ahora con más claridad vital que nunca antes en la historia. Por eso desde siempre, desde tiempos inmemoriales, los seres humanos nos hemos apegado a unos sistemas de valores culturales que dotaran de estructuras de sentido a nuestras vidas. Anclados en este punto todo toma un sentido, y el absurdo parece –solo parece- pasar a un segundo plano. Pero es una mera apariencia de la mente, un simple engaño del intelecto, un auto engaño destinado a fijar nuestro papel en el mundo, determinando ficticiamente el objeto de nuestra existencia. En realidad, detrás de esa capa de seguridad aparente que históricamente han proporcionado al hombre los sistemas inmutable de sentido, existe el absurdo en su máxima expresión, ya que en el momento que la experiencia mundana nos plantea dudas sobre la veracidad de lo social y culturalmente establecido, o la racionalidad nos abre otras alternativas diferentes a las propuestas por nuestro sistema de valores tradicional, todo el castillo de naipes que habíamos construido –que nos habían obligado a construir- desde niños se derrumba. De ahí la desesperación existencial en la que vive anclada la sociedad de nuestros días en el occidente moderno y supuestamente avanzado. Después de siglos y siglos agarrándonos a ideas fijas, paseando sobre la cuerda floja con la seguridad de sabernos atados a ella por un eslabón de una cadena social en forma de sistema de valores, de repente se nos da la libertad suficiente como para escapar de todo aquello, y plantarnos solos ante el mundo, sin más compromiso que el razonar para vivir dignamente. Y ahí, precisamente ahí, es donde se escapa todo lo racional de nuestras manos, donde todo el absurdo que es la vida en sí misma, se presenta ante nuestros ojos con natural clarividencia para advertirnos del tremendo engaño que hemos auto sufrido durante siglos, y lo caro que nos va a resultar superar eso. Ya no nacemos para cumplir un objetivo específico y determinado dentro de la tribu, ni vivimos para alcanzar un cielo y alejarnos de un infierno. Ahora estamos solos ante todas las cosas del mundo para valorarlas tal cual son para nosotros, y verlas en toda su absurdez. Nada tiene sentido en sí mismo, nada sirve para dotar de sentido a tu vida de manera permanente e inmutable, solo el acto continuo de existir y de vivir cobra alguna significación dentro del constante absurdo en que nos vemos inmersos. ¿Qué me aporta esto?, ¿qué importancia tiene aquello?, nos repetimos una y otra vez desesperados ante las respuestas dadas. Nada tiene la suficiente trascendencia como para agarrarnos a ello y transformarlo en nuestra particular guía espiritual. Vivir y existir, solo eso. Vivir y existir en el constante y continuo absurdo de la completa intranscendencia de todas las cosas mundanas. Y aún más de de las supramundanas. Porque si absurdo nos resulta todo lo mundano, cuán absurdo no nos resultará lo metafísico y extra mundano. ¿Qué sentido tiene creer en Dios, tener fe en el más allá, cuando nuestra racionalidad nos dice que es posible que no exista?, ¿qué sentido tiene descifrar las cualidades ontológicas del ser sabiendo que es posible que no se esté en lo cierto? Absurdos y más absurdos que se dan la mano para enseñarnos así el verdadero significado de todas las cosas: el significado del sin significado, el absurdo continuo y constante, el eterno sin sentido de tener que dotar de sentido en cada nuevo instante a todas las cosas que nos rodean, incluso a nuestra propia existencia. ¡Que duro resulta, sin duda, todo esto! Buscar y buscar para al final no ser capaces de encontrar nada más que absurdo y sin sentido. Pero ¡cuan importante es entender esta gran verdad para construir nuestro futuro desde la racionalidad moral y la búsqueda de una existencia plenamente humana!

¡Pero no crean que por esto que digo intente hacerles creer que todos nuestros actos están destinados a carecer de sentido! Muy al contrario doy por hecho que todos nuestros actos tienen un sentido temporal, momentáneo, pero nunca un sentido permanente e inmutable, de ahí su absurdez por sí mismos. Muchas veces pensamos que nuestra vida está inmersa en un absurdo, que muchas cosas de las que hacemos no tienen sentido, y que podríamos tomar decisiones completamente distintas, las cuales determinarían nuestro futuro. Y es así, sin más, es así. Pero aunque tomásemos esas decisiones diferentes, volveríamos a caer antes o después en el mismo pensamiento. El sentido de los actos de nuestras vidas, está, sencillamente, en el hacer mismo de los actos de nuestras vidas. Sacando los actos de ese hacer, arrancándolos de su hecho propio, se convierten ante nuestros ojos en lo que verdaderamente son: hechos absurdos en sí mismos y por sí mismos. Por ejemplo, si tengo sed y me levanto a beber agua, toda esa sucesión de acontecimientos tienen un sentido en el hecho último de beber agua para quitarme la sed. Pero si saco fuera de ese suceder de acontecimientos el hecho propio y aislado de tener sed, o el de beber agua, ambos carecerán totalmente de sentido permanente e inmutable, es decir, ambos tomaran un sentido diferente en cada sucesión encadenada de momentos en los que estos hechos se vean envueltos. Por eso, son hechos absurdos en sí mismos y por sí mismos, que solo cobran sentido real, desde una perspectiva temporal, cuando los encuadramos dentro de una sucesión de acontecimientos que los vinculan a las unos con los otros. Ante estos mecanismos inevitables de sentido por y para los hechos en sí y para sí, nadie con un poco de sinceridad racional podrá concebir a la vida per se como algo con sentido. La vida simplemente existe. A raíz de esto el hombre ha tenido que construir la civilización en una superación continua de su propia supervivencia. La satisfacción del hombre consiste en poder dar a sus esfuerzos también “su causa” y no ser solo un trozo de la inercia de la vida. Por eso la vida del hombre cobra sentido permanentemente en cada acto, en cada una de sus acciones. Es, sin duda, el continuo sin sentido de dar sentidos diferentes a cada instante, lo que define nuestra existencia. Es decir, el absurdo y el sentido en un mismo juego de vida, en una paradójica dualidad que hace posible la significación del mundo: el uno permanente e inmutable -el absurdo-, el otro transitorio, migratorio y variable con cada acto -el sentido-. Y no es simplemente que la vida se haya convertido en absurdo como consecuencia de la muerte de Dios que nos anunciara Nietzsche, es que la vida en sí misma es absurda si la entendemos como un marco de significación global que abarque a todos y cada uno de los planos de la existencia. La vida no tiene un solo sentido, la vida goza de múltiples sentidos sucesivos y variables, tantos como le vayamos dando con el devenir de la propia existencia. Y de tantos y tan diferentes sentidos que tiene, finalmente se puede concluir que no tiene ninguno. Ninguno, ya que nada hay permanente e inmutable que explique nuestra existencia en todas sus circunstancias. Como ya dije antes, este pensamiento, esta verdad, han conducido históricamente al hombre a construir sistemas de valores, mundos de sentido y significado, que nos ayudasen a escapar de tan magna realidad. Pero en esa misma base de lo que se presuponía como un mecanismo de defensa intelectual contra el absurdo, está el gran error que ha impedido al hombre construir su significado vital desde la racionalidad. ¡Ya va siendo hora de acabar con esto!

Y es que el absurdo de esta vida es cruel y mal está que engañemos a los demás haciéndoles creer lo contrario, pero que nos engañemos a nosotros mismos es de tontos. No queremos reconocer la realidad, nos negamos a aceptarla tal cual es. Y para ello seguimos empeñados en buscar y encontrar complejos sistemas de valores ficticios que adoramos como si fueran realmente un valor inmutable y perenne en sí mimo, nos empeñamos en repetir una y otra vez los errores de nuestros antepasados, antes con la creencia en el más allá, y ahora con la creencia en el “más acá”. Pero, al igual que pasa con los sistemas religiosos tradicionales, no dejan de ser un engaño que, antes o después, acaban siempre cayendo por su propio peso, ya que frente a la imposición de las sociedades tradicionales ahora vivimos inmersos en la moderna potabilidad de la racionalidad. Por eso, de una u otra manera, los hombres y mujeres de la actual sociedad occidental al final siempre acabamos descubriendo que no existe más sentido en la vida que el propio existir. Por mucho que nos empeñemos en querernos dotar de un marco general de sentido, al final la única verdad que logramos encontrar es que el único sentido que se desprende de ello es el papel que nos auto otorguemos en ese sistema de valores. El sistema en sí mismo, tomado de manera aislada y apartado de la figura del yo, es tan absurdo como lo es cualquier otra cosa del universo tomado de manera aislada y con aspiraciones de permanencia e inmutabilidad de sentido. Nada de lo que hay afuera de nosotros tiene sentido en sí mismo, así como nada de lo que hacemos a lo largo de nuestras vidas lo tiene tampoco considerado de manera aislada. Al igual que el sentido del mundo reside en la interpretación temporal y subjetiva que hagamos de él en cada momento, el sentido de nuestros actos depende, como ya he dicho antes, de la encadenada sucesión de acontecimientos en los que se vean envueltos, siempre orientados hacia una finalidad que en última instancia es lo que lo dota de significado, pero una finalidad que es temporal y espacialmente delimitada, no una finalidad metafísica o atemporal. Teleología de lo mundano. Que quede claro, por tanto, que mundo y actos humanos son absurdos en sí mismos, y nuestra vida, que no deja de ser una constante combinación temporal de nuestro ser existencial con ambos conceptos, lo es de la misma manera por derivación de ello. La vida es absurda en sí misma, y solo cobra sentido en su relación hacia fuera de sí misma, en su vinculación con el mundo que la rodea, y la sucesión de acontecimientos en la que se ve envuelta. Ciertamente la vida en sí misma no tiene ningún adjetivo que le sea propio, son estas encadenadas sucesiones de acontecimientos quienes de ellos pudieran dotarla. Puede ser bella o fea, triste o alegre, maravillosa o nefasta, todo depende de la sucesión de acontecimientos que le de sentido a cada momento a nuestra vida, así como de la repetición más o menos reiterativa y general que un individuo pueda experimentar de ellos.

Sin embargo una cosa debe quedar clara: que nadie confunda absurdez con inutilidad. La vida es absurda, pero no es inútil. Más aun, la vida es totalmente útil, es lo único verdaderamente útil que existe. Precisamente, es la profunda absurdez en la que vivimos lo que convierte a la vida en algo extremadamente útil. El hecho de que necesitemos hacer continuamente cosas para dotar de sentido al continuo sin sentido que es la vida, hace que detrás de cada sucesión de acontecimientos haya irremediablemente una finalidad, una utilidad. Una utilidad que podrá ser más o menos satisfactoria para nosotros mismos y el mundo, pero que no deja de ser algo útil. Digamos que el sentido último de la vida es su utilidad, o, mejor dicho, que es la utilidad de nuestra existencia lo que dota de sentido a la vida, un sentido, eso sí, mutable y variable, pero un sentido al fin y al cabo. Un sentido aparente y engañoso que no logra sepultar la dramática realidad del absurdez per se de todas las cosas, pero un sentido práctico, que al final es lo que importa en el devenir de nuestros actos. El sentido de la vida surge, pues, de la necesidad de dar solución a los problemas que tenga una colectividad o un individuo en particular en su existencia cotidiana. De igual forma constituye a su vez la respuesta ofrecida por una sociedad o un individuo a las preguntas o problemas que implica la vida misma: ¿por qué vivir? ¿Para qué vivir? ¿Quién soy? ¿De dónde vengo y a dónde voy? ¿Qué hacer con mi vida? ¿Qué camino seguir? ¿Qué hacer para sobrevivir? entre otras tantas “cuestiones existenciales”. Y a partir de aquí nacen las grandes mentiras que durante siglos nos han intentado ocultar la realidad absurda de todas las cosas: los sistemas de valores culturales como elementos naturales de respuesta a todas estas cuestiones. Y a partir de aquí también se genera la actual situación de la sociedad occidental, pues al caer la mascara, al descubrirse la verdad de la absurdez de la vida ante los ojos puros de la razón, al desprenderse los seres humanos de tales sistema de valores incuestionables, el vacío existencial se ha convertido en un elemento cada vez más frecuente entre los individuos de nuestros días. Todo esto, a pesar de que en los últimos años haya habido un nuevo resurgir de los movimientos religiosos o pseudos religiosos, que tratan de atraer a sus filas a los seres desvalidos. Pero ya no lo hacen como sistemas de valores incuestionables, si no como buscadores de una elección libre que intente tapar apresuradamente el descubrimiento de tal verdad existencial. Saben bien que habitualmente cuando descubrimos esto, cuando nos enfrentamos cara a cara a la profunda absurdez que preside nuestras vidas, generalmente se suele producir un sentimiento de vacuidad interior que lleva a algunas de las personas que lo sufren a padecer todo tipo de síntomas depresivos tales como tristeza, melancolía, angustia, desencanto, soledad, apatía, desmotivación y desvinculación de la sociedad. Por eso a menudo muchos necesitan acudir a la religión u otros sistemas de sentido para refugiarse. ¡Gran error!, no nos damos cuenta que en el mismo problema se encuentra inmersa la solución. Queremos buscar un sentido donde no lo hay, y, sin embargo, escapamos de buscarlo donde verdaderamente reside, es decir, en la sucesión encadenada de momentos que preside nuestra vida. Hasta el mismo hecho de hundirse en la melancolía representa un momentáneo sentido de la vida, poco recomendable, tal vez, para la felicidad del sujeto, pero un sentido temporal al fin y al cabo. El vacío existencial solo ocurre en la medida en que el individuo no construya su día a día trascendiendo su realidad y vida cotidiana, desechando de esa forma la ideación de su proyecto de vida y, en la medida en que la conciencia de su finitud esté ajena de su cotidianidad, ocasionando de esa forma la inexistencia de una muerte dotada con sentido que nutre de razón de ser a su vida y viceversa. De aquí la importancia de elaborar, desde la racionalidad, un sistema de valores propio que dote de sentido a nuestras vidas, y que, a través de un escrupuloso respeto de él, nos haga evolucionar como personas, y nos capacite para enfrentarnos cara a cara con la realidad absurda de todas las cosas en sí mismas. Un sistema de valores que nos haga crecer en el mundo y nos obligue a sacrificarnos por el bien del mundo. Una serie de premisas morales que guíen nuestros pasos por esta vida absurda, y que nos ponga en armonía con nuestra propia naturaleza existencial y con el universo. Está claro que no dejará de ser una ilusión de sentido, que, en el fondo, no será más que un nuevo engaño para creer que nuestra vida tiene un significado en sí misma, pero, al menos, será una ilusión que nos dignifique como seres humanos y nos ayude a levantarnos cada mañana con la satisfacción de ser cada día un poco mejor persona, para uno mismo y para los demás.

Desde luego que esta reflexión sobre el sentido de la vida se debe entender primordialmente como una respuesta a la actual situación de la moralidad en la sociedad de consumo o, mejor dicho, como respuesta a la esclavitud moral y cultural a la que esta sociedad conduce al individuo. Basta con mirar fríamente a nuestro alrededor para darnos cuenta de que tanto declive, tanta decadencia de lo humano y de lo social, hacen necesario y obligado que los filósofos comencemos a analizar las causas profundas que lo generan, para tratar de encontrar algún tipo de mecanismo filosófico que pueda ayudar a revertir la situación. Si decadente era el dominio moral del cristianismo sobre las consciencias de los hombres de la antigüedad, mucho peor es el dominio moral y cultural que el capitalismo y la sociedad de consumo inflingen sobre el actual sujeto humano occidentalizado. Ciertamente, lo uno no deja de ser una consecuencia directa de lo otro, y el vacío que la aparente “muerte de Dios” dejara en nuestras consciencias acostumbradas a la esclavitud, ha sido sabiamente rellenado por los valores propios de la actual sociedad occidental, moralmente cristianizada y culturalmente capitalizada por el consumismo y los estereotipos sociales propios del capitalismo. El gran triunfo del capitalismo en este siglo XX ha sido generar un sistema socio-cultural capacitado para, en apariencia, dotar de sentido la existencia del sujeto. La muerte de Dios fue el suceso más importante de la modernidad, me atrevería a decir que si hay algo que defina la modernidad, es precisamente la muerte de Dios. La muerte de Dios es la idea central de la modernidad, la que ancla todo cambio y desarrollo de la misma, incluso su propio declive. Una muerte de Dios que se da en las conciencias de los sujetos, de uno en uno, de manera individual. Por eso era necesario que previamente se hubiera dado el giro subjetivista que nos introduce Descartes con su “pienso, luego existo”. En un escenario filosófico donde el sujeto no se hubiera vuelto hacia sí mismo, hacia su propia conciencia autoreflexiva, Dios no hubiera podido morir. Porque Dios no está fuera del sujeto, o tal vez lo esté en su existencia objetiva, pero la influencia de su figura sobre los hombres y la historia no está afuera, sino adentro, bien adentro del sujeto, en la base misma de su consciencia. Por eso, Dios no se mata afuera del sujeto, de hecho sus instituciones representativas siguen existiendo y teniendo gran capacidad de influencia política y social. Dios se mata adentro del sujeto, de ahí que Niezsche nos acuse a todos de ser sus asesinos. Dios deja de ser la estructura cognitiva central en la mente del sujeto, la idea sobre la que el sujeto ancla el sentido del mundo y, más aun, de su propia existencia. Dios se desploma de su trono en la mente de los individuos. De igual manera que las revoluciones burguesas triunfantes hacen de los reyes simples ciudadanos incapaces de regir el poder y elaborar las leyes, la muerte de Dios es una revolución interna del sujeto que hace de la idea de Dios, antaño reina y señora de la mente, una más entre muchas, que carece de poder alguno para legitimar la vida del individuo y, por supuesto, carece de valor para explicar el sentido del mundo y de la vida. Este es el panorama que se abre ante los ojos de los hombres en la modernidad, un panorama de lucha y conflicto. Donde antes había estabilidad, ahora solo hay conflicto y duda. Donde antes se hacía residir el sentido de la existencia en la idea de Dios, ahora hay un vació que el hombre necesita llenar de alguna manera para no desesperarse. Dios como Almohada, como colchón donde hacer reposar la cabeza para descansar cómodamente. Es lo que se busca, lo que, por ejemplo, busca Unamuno tras su crisis del 97. Y si no es Dios esta almohada, que sea cualquier otra cosa, pero el hombre no aguanta la idea de la nada, la idea de la absurdez y el sin sentido de la vida. Por eso la modernidad es una etapa de lucha, de enfrentamientos, de conflictos. Conflictos internos del sujeto que se reflejan en el mundo externo. De las ruinas de Dios surgen sistemas de sentido alternativos a los que el sujeto puede agarrarse. El Marxismo, el socialismo utópico, el anarquismo, el totalitarismo, el nacional-fascismo, los nacionalismos democráticos, el capitalismo y su empuje hacia la victoria del yo frente al nosotros, sistemas sociales todos ellos que responden a la necesidad del hombre de vivir por y para una meta, de encuadrarse bajo un parámetro superior de sentido que lo saque de la vida absurda. Por eso Unamuno, hombre buscador donde los haya, coquetea con el socialismo antes de su crisis. El socialismo le sirve para dar sentido a su vida, pero le es insuficiente para explicar su muerte, no le basta para escapar del miedo a la nada, a la finitud de la existencia. De ahí su crisis. Así la modernidad es el reflejo de la muerte de Dios y la lucha del hombre por escapar de la crudeza existencial que ello conlleva. Mientras el hueco dejado por Dios en las mentes de los hombres estuvo vacante, hubo luchas y enfrentamientos, la gente creía en las ideologías y las buscaba, estaba incluso dispuesta a dar su vida por ellas. Pero el desarrollo del siglo XX, fundamentalmente después de la victoria de los aliados en la segunda guerra mundial, y en especial con el final de la guerra fría y la caída del muro de Berlín en 1989, un nuevo sistema de esclavitud moral, social y cultural, introducido en la mente de los sujetos como un sistema de sentido general de la vida, se ha apoderado del poder de esclavizar las consciencias. Este sistema no es otro que el sistema consumista-capitalista. Los sujetos que nos desarrollamos en sociedades dominadas por este tipo de sistemas, crecemos entre una multitud de estímulos mediáticos y publicitarios que van determinando el sentido de nuestras vidas, el cómo debemos vivirlas para que estas dejen de ser absurdas y se conviertan en útiles moral, social y culturalmente. Nacer, crecer, estudiar una carrera, buscar un trabajo, enamorarse y formar una familia, tener hijos, comprar una casa y un coche, ver la televisión, fútbol y programas basura del corazón, siempre con la idea de dar un pelotazo que nos haga ricos y que nos permita codearnos con lo mejor de la sociedad. Nuestra aspiración es una vida cómoda y acomodada, y creemos que lo único que dota de sentido a nuestras vidas es lucha por ello. Los padres se quedan tranquilos cuando sus hijos cumplen los deseos que ellos mismos le han proyectado a manera de exigencias. Nuestra vida carece de autonomía, como carecía de autonomía la vida del sujeto que se desarrolla en el mundo conforme a las ordenes de Dios, nuestra vida solo satisface las ordenes morales, sociales y culturales que se nos inculcan sistemáticamente desde los medios de comunicación y los poderes establecidos. Esa continua delimitación de conceptos, normales y radicales, normales y violentos, normales y extravagante, normales y peligrosos, normales y ricos y pobres, normales y el resto de todos los estereotipos que nos invaden, normales, siempre normales. Se una persona normal, nos dicen. Ahí reside el sentido de nuestras vidas, en ser personas normales, ya se sabe: trabajo, casa, familia, hijos, coche, hipoteca, y mucha comodidad y conformidad, sobre todo conformidad. La idea que fluye es que si quieres tener una vida estable y cómoda no te queda más remedio que adaptarte a la normalidad. Ese es el sentido de nuestras vidas, la normalidad, ser normales, hacer y decir lo que la mayoría hace y dice, es decir, no cuestionar el sistema y dejarse arrastrar por las falsas necesidades y las comodidades. Ahora, la idea de ser una persona normal con una vida cómoda y estable se establece en el centro mismo de nuestra mente, la preside y la reina, la organiza social y culturalmente. Todo lo de afuera se confraterniza para hacer girar nuestra vida en torno a esta idea, desde las primeras enseñanzas de nuestros padres o el sistema educativo, a los millones de estímulos mediáticos y publicitarios que recibimos a diario. Se normal y serás feliz, tu vida tiene sentido así. Este es el gran triunfo del capitalismo en el siglo XX, haber sido capaz de llenar el hueco dejado por la idea de Dios en la consciencia de los hombres como dador de sentido existencial, mediante la introducción en él de un estilo de vida sistemático que hace creer al sujeto que el simple hecho de seguirlo, de encaminar su vida y sus aspiraciones hacia él, será señal de estabilidad y comodidad, señal de una vida feliz. Se asemeja la felicidad con el seguimiento de este camino – ya se sabe, la familia feliz de todo anuncio de Tv-, y se dota de sentido la vida del sujeto mediante la introducción en este de los valores propios del sistema y el empuje sistemático a reproducirlos y satisfacerlos. El sentido de la vida es la búsqueda de la felicidad, y la felicidad no es otra cosa que el satisfacer las metas marcadas por el propio sistema. Si logras eso serás feliz, he ahí el sentido de tu vida. Este es el mensaje que el sistema consumista-capitalista ha conseguido poner en el hueco donde antes residía Dios como dador de sentido. Por eso son cada vez más los individuos que, insatisfechos con esta visión del mundo y de la vida, acuden de vuelta a la religiosidad, mediante sectas o movimientos similares, pero ya pocos los que acuden a las ideologías. En la lucha por imponer lo mundano a lo divino como dador de sentido del mundo y de la existencia, que en definitiva es la lucha propia de la modernidad, el capitalismo se ha impuesto, al menos momentáneamente, sobre todas las demás alternativas. El capitalismo social es ahora, como antaño lo fuera a religión, el dador de sentido de la vida en los sujetos del mundo occidental. Así, si antes he dicho que la modernidad se caracteriza por ser una época de lucha y conflicto, por ser un reflejo de la muerte de Dios y la necesidad del hombre por reemplazar este vacío con otro sistema dador de sentido, debemos entender que el desarrollo del capitalismo y su victoria moral y social sobre los otros modelos alternativos de sentido propuestos en la modernidad, han hecho quedar atrás a la propia modernidad. Desde el momento en que el sistema consumista-capitalista ejerce en el hombre como dador de sentido de su vida, la modernidad puede darse por superada. Ya no hay lucha, no hay conflicto, no hay necesidad de remplazar a Dios. Todo esto ya se ha logrado. Así podemos decir ya, que verdaderamente nos encontramos en la postmodernidad, y donde antes había hombre guiados por Dios, y luego hubieran hombres modernos –como Unamuno-, ahora hay hombres postmodernos, o, mejor dicho, zombis postmodernos, hombres que hacen del capitalismo social el eje central de sus vidas, aquello que dota de sentido su existencia.

Pero, sinceramente, considero que en la base de ambos sistemas de esclavitud de la consciencias, el religioso y el postmoderno, se encuentra el miedo del ser humano a enfrentarse cara a cara con la absurdez de la vida. Como necesitamos irremediablemente dotar de sentido a cada instante de nuestra vida, optamos por dejarnos llevar y recurrir a aquello que tenemos más a mano para conseguir tal objetivo, es decir, el recurso a los sistemas de valores dominantes en la sociedad donde nos vemos envueltos. Un sistema que puede ser absoluto, caso de los sistemas religiosos que dotan de sentido con su influjo a toda nuestra vida y a cada rincón del Universo, o que puede ser parcial, orientador, que sin pretender explicar el universo como globalidad, sí pretenden determinar y delimitar el camino a seguir por el ser humano en su vida como ser social, guiándolo hacía unas metas y objetivos impuestos que en los más de los casos no se corresponden con las verdaderas necesidades existenciales del individuo como ser que piensa y siente, en definitiva, que existe. El actual sistema de valores morales y culturales imperantes es un sistema de este segundo tipo. Por eso, considero que hemos de luchar con todas nuestras fuerzas para escapar de ello aunque solo sea para aprender desde nuestra libertad y construir nuestro propio sistema de valores que nos ayude a desarrollarnos en el mundo dotándonos a cada instante de sentido por nosotros mismos, desde la reflexión y la racionalidad, no desde la imposición externa. Un sistema de valores que nos haga mejores personas y que nos comprometa para con nuestro progreso y el de los demás. Sin olvidar nunca que la compasión es un gesto de debilidad, que no debemos sentir pena nunca por nadie ya que esto es demostrar cuan poca cosa somos y cuan fragilidad tenemos respecto de nosotros mismos y nuestro papel en el mundo, hay argumentos que nos obligan a ser agradecidos con el mundo que nos rodea, a partir de cuya actitud se debe derivar un compromiso ético con la ayuda a los demás y la lucha contra las injusticias y las imposiciones de los poderosos frente a los mandados. Por ejemplo, uno de estos argumentos, sería la actitud de nuestra madre en los años de nuestra infancia temprana. Sin duda, y esto es algo que nunca podremos hacer lo suficiente, debemos agradecer a nuestras madres que nos hayan dado la vida, pues teniendo la opción de haber abortado, la posibilidad de no haber permitido nuestra existencia, no lo hicieron. Solo por eso debemos tener ya un compromiso de ayuda con el mundo que nos rodea. De nuestra fragilidad debe nacer nuestra solidaridad y nuestras ganas de ayudar a los demás:

Somos seres tan frágiles, que toda nuestra existencia pende constantemente de un hilo, desde que somos un gameto, hasta que definitivamente damos el último suspiro. Estamos aquí, ahora, pero perfectamente podríamos no haberlo estado, o dejar de estarlo en el instante siguiente, y todo seguiría su curso sin que nuestra inexistencia tenga la menor importancia. La vida es una casualidad del destino, una oportunidad única que no siempre sabemos aprovechar como es debido. Uno nace, crece, y a su alrededor crea un mundo de relaciones que lo sustentan sobre la faz de la tierra, pero, al fin y al cabo, no tiene la menor importancia de cara al devenir global del universo. O al menos, eso parece. No elegimos a nuestros padres, ni ellos nos eligen a nosotros. No elegimos el lugar donde debemos pasar nuestra infancia, no elegimos nuestro aspecto, no elegimos la cultura que vamos a mamar como cachorros sedientos de conocimientos. Todo lo que creemos que es más propiamente nuestro, no es más que una mera casualidad del destino, un número de una rifa que nos dan, y que puede, o no, llevar premio. Pero la realidad es inapelable: Nacemos cuando podíamos no haber nacido, tenemos una familia que no hemos elegido, vivimos nuestra infancia en una ciudad que no hemos pedido en ninguna agencia de viajes, y somos tal y como el capricho de nuestros genes ha querido hacernos. Por eso tenemos la obligación de desarrollar nuestra empatía para con los demás, de entender su sufrimiento y su gozo, de evitar cometer injusticias con ellos, y ayudarlos a luchar contra las que otros ya están cometiendo, ya que nosotros podríamos ser ellos y ellos podrían ser nosotros. Nos puede gustar más o menos lo que somos y tenemos en la infancia, pero no lo hemos elegido. Realmente somos esclavos de nosotros mismos, esclavos de nuestro lugar en el mundo, esclavos del número en la rifa que nos dieron al salir del vientre de nuestra madre. Por eso, resulta altamente curioso que los seres humanos dediquemos largas horas a reflexionar sobre los efectos que nuestra muerte pudiera tener para con las personas que nos rodean, y que, sin embargo, pocas veces pensemos en los efectos que nuestra no existencia, nuestro no nacimiento, hubiera tenido sobre ellos. Son tantas las personas que, de una u otra manera, se hubieran visto afectadas, que deberíamos hacerlo con asiduidad, fundamentalmente para combatir nuestro egoísmo. No solo hubiera afectado a nuestros familiares más directos, que probablemente hubieran seguido tranquilamente su vida sin más secuelas que el triste recuerdo de la muerte de un ser que iba a ser pero no fue -A instancias morales o legales puede que el feto se considere ya en sí mismo una persona, pero a instancias sentimentales perder un hijo antes del nacimiento nunca será igual de doloroso que hacerlo después de haberle visto llorar y sonreír en tus brazos-, si no que es algo que va mucho más allá. ¿Cuantas de las personas que te has cruzado en la vida se hubieran visto afectadas por tu no existencia? Todas, sin duda, todas. Desde esa mujer que te cruzaste en la cola del supermercado, hasta tus amigos más íntimos, aunque no se puedan comparar unos casos con otros. Esa mujer del supermercado, que, seguramente, ni siquiera te recuerde, tendría una vida exactamente igual a la que ahora tiene, tu inexistencia tendría para con ella el mismo efecto que tendría tu no presencia ese día en la cola del supermercado. Sin embargo para tus amigos, para tus allegados más próximos, los efectos van mucho más allá. De no haber existido tú, ellos tendrían una vida, si no totalmente diferente, al menos sí distinta en ciertos aspectos de la que tienen en la actualidad. En cada parte de su existencia donde apareces tú habría una vacío, y todo lo en lo que tu compañía les haya podido afectar no existiría. Imagina, por ejemplo, a ese amigo al que le diste un consejo que le sirvió para progresar en la vida; de no haber nacido tú, igual ahora sería más desgraciado. O al revés, imagina esa persona a la que has hecho daño, quizás ahora sería más feliz si tú no hubieras nacido. Así pues, a pesar de que nos empeñamos en no mirar más allá de nuestro ombligo, lo cierto es que uno existe no solo para sí mismo, si no que vive siempre en correlación con los demás, y eso le da a nuestra persona un valor suplementario que en sí misma no posee, un valor que lo hace necesario dentro de la casualidad a la que va sujeta la existencia de nuestro ser. Pudiste no haber nacido, pero naciste, pudiste no haber existido, pero existes, y con ello te acabas convirtiendo en una pieza más en la existencia de muchas personas, que han construido su vida en relación con la propia construcción que tú has hecho de la tuya.

Así que no somos tan insignificantes como pudiera parecer: puede que al Universo no le importe tu existencia, pero hay miles, millones de personas en el mundo que pueden salir beneficiados o perjudicados con ella. Por eso es tan importante desarrollar unos valores morales racionales que nos hagan mejor persona. Y ser mejor persona, lejos de serlo para uno mismo, se traduce en ser para los demás, en ser para hacer más felices a los demás, o, cuando menos, en ser para no hacer infeliz al prójimo con nuestro egoísmo. El problema es que nos dejamos arrastrar por las circunstancias, nos acomodamos en nuestro mundo de cristal, y la mayoría de veces preferimos dejar a los demás que elijan por nosotros antes que tener que ponernos nosotros a elegir. Y los demás son muchos, demasiados para elegir por nosotros, con lo cual al final acabamos por elegir mal, y acabamos por escoger el camino del egoísmo. Además, uno no siempre es consciente de esta situación. A veces creemos que estamos siendo libres a la hora de elegir, y sin embargo estamos haciendo todo lo contrario. Solemos entregar nuestra libertad en bandeja de plata, y lo peor de todo es que creemos poder hacerlo sin renunciar a ella. Gran error. Cuando convertimos nuestra vida en un medio para conseguir un fin, y nos olvidamos de que ella es un fin en sí mismo, estamos enterrando nuestra libertad. A partir de ese momento seremos esclavos de nuestros fines, sin ser jamás un fin en sí mismos. Y es entonces cuando dejamos que el egoísmo nos dominé, cuando el yo es infinitamente más importantes que el tu, cuando habremos renunciado a ser personas dignas. De aquí se deduce, que si hiciéramos un uso adecuado de nuestra racionalidad, no tardaríamos mucho en darnos cuenta que no podemos vivir condicionados por los fines, si no que tenemos que condicionar nosotros mismos a los fines, tenemos que aprender a adecuar la vida a la existencia común de la humanidad, y a partir de ahí dar razones a nuestra individualidad para que pueda auto realizarse. Lo primero que deberíamos hacer, consecuentemente, es elaborar un código ético que nos ayude a la hora de tomar decisiones. Un código ético que aspire a la universalidad, y en cuya finalidad vaya impresa por igual la superación personal y el progreso colectivo. Un buen camino para la autorrealización del yo puede desarrollarse sobre una buena base si somos capaces de aprender a situar cada aspiración de la vida en su lugar correspondiente, dando a cada cosa el valor que le pertenece. La familia, el amor, la realización intelectual, la satisfacción laboral, la amistad, el amor propio, son algunos de los aspectos verdaderamente importantes de la existencia, todo lo demás ha de estar siempre en un segundo plano. Cuando nos olvidamos de nosotros mismos, cuando hacemos de nuestra vida un puente para cruzar hacia un mundo que no reside dentro de nuestra alma, cuando nos dejamos llevar por la ilusión de la riqueza o el éxito social, nos convertimos en peores personas, en seres vacíos que tienen poco o nada que aportar a los demás. Por supuesto que es legítimo y adecuado aspirar a ser rico o famoso, a tener poder político o a ser una persona socialmente reconocida, pero esto nunca se debe hacer a costa de renunciar a nosotros mismos, nunca a costa de vender nuestra existencia al mejor postor. Ese es el error que nuestros antepasados han cometido por el influjo obligado de las tradiciones cristianas, y ese es el error que nosotros estamos volviendo a cometer con nuestra sumisión a la sociedad capital-consumista, con el agravante de hacerlo en muchas ocasiones desde la opción racional, pues aunque nos sea ciertamente impuesta desde la infancia, una vez sabemos que existen otras alternativas pocas veces deseamos luchar por acercarnos a ellas. Por eso, que toda aspiración que uno tenga sea una meta a la que uno llegue haciendo de su vida un fin en sí mismo, pero jamás sacrificando su propia vida para alcanzarla, y aun a pesar de dejarse en el camino su propia felicidad o, lo que es más importante, su dignidad. Ser digno es ser buena persona, ser digno es pensar con el corazón y con la cabeza, no con el corazón para la cabeza. Al final de la vida solo nos quedará eso: nuestra dignidad. El fin no justifica los medios. Aun con la vista puesta en el horizonte, debemos ser capaces de llevar una existencia lo más digna posible en el día a día. Respetar para ser respetados. Escuchar para ser escuchados. Desarrollar nuestra empatía para ser cada vez más condescendientes con nosotros mismos y con los demás. La existencia solo toma sentido a través de su vinculación con el futuro, y es este mismo futuro el que ratifica a posteriori el sentido de la existencia presente. Sin dejar de lado en ningún momento nuestra subjetividad, la base de nuestra existencia se desarrolla en nuestra interacción con el entorno. Somos seres sociales que necesitamos del entorno para poder sobrevivir. Nadie, absolutamente nadie, puede vivir de forma completamente independiente. Podremos ser personas más o menos solitarias, más o menos independientes, pero todos necesitamos de los demás, necesitamos del entorno y vivimos en relación con ellos y con ello. Ninguno de nosotros es un ser auto suficiente. Hasta los ermitaños dependen de los frutos de la naturaleza para subsistir. En una sociedad como la nuestra, desarrollada sobre los beneficios propios del trabajo y el consumo, el nexo de unos humanos con otros se ve mucho más acentuado. Todo aquello que produzco con mi trabajo tiene como destino servir a otros individuos. Todo aquello que consumo proviene del trabajo de otros individuos. ¿Cómo creerme entonces un ser independiente? No, no lo soy. Soy un ser subjetivo pero dependiente, una existencia individual pero condicionada por el entorno. Entonces ¿Por qué separar mi existencia de la existencia del prójimo?, ¿por qué no sentirme también responsable de sus fallos y sus aciertos? Al nacer, el ser humano empieza a forjarse así mismo, pero en estos primeros instantes de la vida uno no es nada sin la ayuda de sus coetáneos. Necesita de un pecho que le dé de comer y de una mano que le proteja. Es cierto que cada hombre se hace así mismo, pero lo es también que uno no puede hacerse distinto a como desde su marco cultural se le inculca. No hay mayor idiota que el que se cree diferente. Y he aquí nuestra gran lucha contra ello. Somos libres para elegir nuestro camino, pero somos esclavos de nuestro entorno y, fundamentalmente, esclavos de nuestras necesidades, las biológicas y las sociales. La sociedad es una cárcel para nuestra libertad, en tanto y cuanto condiciona nuestra formación y se hace coparticipe del efecto de nuestras decisiones. Todo lo que yo haga tendrá un reflejo en mi entorno, todo cuanto yo decida tendrá consecuencias para aquello que me rodea. No puedo ejercer en plenitud mi libertad pues mis decisiones se verán condicionadas por el efecto que puedan tener a mí alrededor. ¿Quién es aquel capaz de abstraerse por completo a los efectos de sus acciones en el mundo que le da cabida? Por eso tenemos un compromiso vital con nosotros mismos, un compromiso que pasa, además, por el respeto y la ayuda para con los demás. Un compromiso además que, lejos de ser una carga, pasa a ser el sentido de nuestras vidas en su lucha constante contra la absurdez.

En fin, como ya dijera Kierkegaard “la solución al absurdo de la vida se da en la vida misma”, y es ahí, precisamente ahí, en la propia vida, donde debemos pensar si merece o no merece la pena buscar tal solución y aportar además con ello nuestro granito de arena al bienestar general. Yo, decididamente, apuesto por el sí: Vivir es existir, existir debe ser vivir humanamente.