Filosofía del amor

Análisis racional del amor y sus diferentes modos de darse en sociedad

Hay una cita de Khalil Gibrán que dice así:

“Sois libres ante el sol del día, y libres ante las estrellas de la noche. Sois incluso libres cuando no hay sol, ni estrellas, ni noche. Pero sois esclavos del que amáis porque lo amáis, y sois esclavos del que os ama, porque os ama”.

¡Y cuanta razón tiene! El amor es una cárcel para el alma del enamorado, que, por más que lo desee, mientras así se encuentre, jamás podrá escapar de las redes de su amante. Estar enamorado, sea lo que sea qué sea esto, supone realmente una esclavitud respecto de tu amado/a, un querer y no poder escapar de su lado. Estar enamorado es un compromiso ineludible, una cadena que te impide alejarte de la sombra de tu amor. Por eso el amor es, debe ser, siempre un sentimiento recíproco, un sentimiento que se da entre dos o más personas de forma simultánea y correlativa, y que impide a las partes implicadas huir de su compromiso con el resto de las partes. Los amantes se atan entre sí, y ninguno de ellos podrá escapar del resto. Cuando existe amor de verdad, te tiene cogido, agarrado, esclavizado y preso, y te adormece como un niño en los brazos de su madre. Cuando existe amor de verdad, el alma se siete en deuda continua con el alma del amado, y la vida del enamorado se funde en una sola con la vida del ser al que ama. Pero, ¿qué es el amor? Una cárcel sí, de eso no hay duda. Pero, ¿Qué más es el amor?, ¿Cuándo hay amor?, ¿Cómo nace y dónde muere?, ¿Quiénes son los implicados? Son tantas las dudas que se me ocurren, y tan pocas las respuestas, que me siento inútil, perdido. Por eso, en este breve artículo trataré de (auto) responder (me) a estas y otras preguntas sobre el amor, con la esperanza de poder encontrar algún sentido racional a eso que todos sentimos alguna vez en nuestras vidas (y pobre de aquel que no lo haga), pero que difícilmente podemos explicar con palabras. Todo un reto, que espero y deseo pueda ser, además, de utilidad para todas aquellas personas que tengan la ocasión de leerlo.

Para empezar, lo que parece evidente es que el amor, por sus implicaciones vitales y sentimentales, sea lo que sea, es algo totalmente subjetivo, un sentimiento que solo se puede entender a través de la experimentación personal, un modo de estar en el mundo que cada cual vive y entiende de una manera diferente. No creo que el amor pueda ser jamás la misma cosa para dos personas distintas, por tanto, no creo que se pueda hablar del amor como si de un ente objetivo se tratase, ni tan siquiera como un referente semántico que unifique bajo sí a todas y cada una de las manifestaciones sentimentales que se dan en los seres humanos que se dicen enamorados, ni siquiera esto. Cada cual es libre de vivirlo a su manera, y cada cual lo siente por sí mismo a su estilo. Aunque tratemos de elaborar complejos conceptos mentales para encuadrar a todos los enamorados, lo cierto es que solo podremos pensar moldes aproximados, pero nunca podremos elaborar leyes científicas para categorizar el amor. El amor no es una regla matemática, ni tan si quiera es algo que se pueda expresar con palabras, el amor es puro sentimiento que solo se entiende cuando se tiene, y que se solo se conoce cuando es subjetivamente experimentado. Por eso resulta tan difícil hablar de amor. Pero, sin embargo, en la civilización de nuestros días, como con casi todo lo relacionado con la vida del ser humano, existen una serie de valores sociales y culturales que tratan de poner normas y condiciones al amor. Esos mismos valores que hacen que al hablar de amores todos creamos posible poder elaborar un concepto general en nuestra mente, y a partir del cual nos dejamos arrastrar para buscarlo. El amor como entidad metafísica, como ideal, como modelo referencial para la búsqueda, recorre nuestro mundo cognitivo cual idea natural que nace de lo más profundo de nuestro ser, a la cual no es posible poner alternativas. Pero nada más lejos de la realidad. Según estas normas no escritas, estas leyes no impresas, amor es algo parecido a un sentimiento dado entre dos personas que se desean, y que se vinculan en libre compromiso para hacer juntos un plan de futuro, prometiéndose mutua fidelidad. Por eso la mayoría de nosotros aspira a encontrar a esa persona con la que compartir su vida, y con la que fundirse en un compromiso de futuro y una pasión desbocada. Normalmente creemos que el amor se sustenta en la atracción sexual, y que los amantes se buscan entre sí para darse en compromiso mutuo de cuerpo y mente. Intentamos buscar esa persona idealizada que satisfaga nuestros deseos, acercándose en todo lo posible a la persona que previamente hemos diseñado en el laboratorio de nuestros sueños, con una relación que se asemeje lo máximo posible a aquella que previamente habíamos vislumbrado en la luz de nuestros pensamientos. En definitiva, creemos ciegamente en el amor romántico que estamos acostumbrados a leer en las novelas rosas y a ver en las películas de Hoollywood, en las series de adolescentes de nuestras televisiones, y en la mayoría de las parejas que conocemos, y, por ende, eso buscamos creyendo que tal ideal es la única acepción posible en el mundo de los enamorados, en el ámbito de las relaciones sentimentales entre seres humanos. Vivimos esperanzados en encontrar cualquier día –o cualquier noche- ese amante que encaje con nuestros sueños, logrando colmar de felicidad nuestros deseos para alegrarnos las vidas. En las revistas y programas del corazón tenemos la demostración de que esos sueños con alcanzables. Elaboramos un patrón y lo buscamos. Sin embargo, finalmente acabamos por agarrarnos a lo más cercano, a aquello que primero llega a nuestras vidas disfrazado de amor. Normalmente creemos que estamos capacitados para elegir con el corazón, pero, casi siempre, acabamos eligiendo con la entrepierna, tanto hombres como mujeres. Mucho justificar retóricamente que se busca una persona completa, pero al final, no nos engañemos, con este modelo todo se reduce a la búsqueda de un cuerpo, eso sí, con complementos, pero un cuerpo al fin y al cabo. Lo primero que se busca es algo que desate nuestras pasión, y a partir de ahí construir la relación amorosa y rellenarla con otros aspectos. Pero siempre, por mucho que nos queramos hacer creer lo contrario, estos otros aspectos acaban siendo secundarios. A nadie, o a muy poca gente, se le ocurriría decir que está enamorado de una persona por la que no siente ningún tipo de atracción sexual. Primero está el deseo, la pasión, y luego ya viene todo lo demás. Es una realidad tan fría, que normalmente tratamos de engañarnos pensando que actuamos de manera diferente, pero díganme, ¿Cuántos de ustedes han creído estar enamorados de personas a las que no ha deseado sexualmente? Auto respóndanse y piensen sobre ello. Solemos decir que no, que el físico no es lo más importante, que el deseo sexual es secundario, que la atracción no es pieza fundamental en una relación amorosa, seguramente porque nos parezca inmoral pensar lo contrario, porque nos parece inadecuado reducir la base de todas nuestras relaciones amorosas a aspectos tan pasionales y tan poco racionales. Pero al final, en realidad, es la pasión lo que determina el amor en la sociedad de nuestros días, aunque envuelta en todo un ramillete de aspectos románticos que nos llevan a calmar nuestras consciencias pensando lo contrario. Es lo que nos venden en las novelas, en la prensa del corazón y en las películas, y es lo que inconscientemente buscamos creyendo que eso es amor verdadero. Por todo ello, no nos engañemos, al menos los que hemos nacido y crecido bajo los valores sociales y culturales de las sociedades consumistas-capitalistas, andamos por el mundo buscando aquella persona que desate nuestros deseos, aunque luego gustemos de complementarla con algunas otras cualidades que conviertan la relación en llevadera y amena más allá de la cama. Pero en el fondo lo primero que buscamos es esa persona que nos desate el lívido, a esa persona que nos atraiga sexualmente lo suficiente para al menos poder meternos con ella en la cama noche tras noche, y que no se convierta en un sacrificio, si es que estar junto a la persona amada puede ser, que no lo creo, un sacrificio. Por eso nos cegamos en creer que una persona enamorada solo puede tener ojos para su amado, ya que este, por lógica, sería el colmen de sus deseos, y más allá de él no puede haber deseo. Todo muy bonito y muy romántico, pero claro, cuando el deseo comienza a desaparecer, cuando la pasión entre los enamorados comienza a decrecer, cuando el fuego de los primeros meses empieza a apagarse, consecuentemente tendemos a creer que se está perdiendo el amor, y abrimos nuestra puerta, consciente o inconscientemente, a la aparición de esa nueva persona que llene el vacío existente y satisfaga todo nuestro deseo. Realmente vivimos en una espiral constante de búsqueda de amor pasional, y no dormimos tranquilos hasta encontrarlo. Y creemos que eso es el amor verdadero, o, mejor dicho, que eso es amor, sin más. No nos damos cuenta que eso la mayoría de veces no deja de ser más que mera pasión, y que la pasión, aunque pueda ser perfecta para dotar de intriga e interés la trama de una novela, las más de las veces, lejos de ser un refuerzo, es la tumba del amor, del verdadero amor. Sobre todo la pasión entendida como una necesidad en las relaciones amorosas.

Por definición, por ser un sentimiento bondadoso, el amor debe ser algo que llene de alegría tu corazón, algo que aporte ese puntito extra de felicidad a tu vida cotidiana, tanto dentro como fuera de tu relación. Y así debería ser. Pero cuando el amor se confunde con la pasión, se abre la puerta de par en par al sufrimiento. Primero porque nos impide analizar racionalmente las virtudes y defectos de nuestros amado. Segundo porque genera sentimientos como los celos y la desconfianza. Y tercero porque construye relaciones sobre bases erróneas que al final acaban por desmoronarse. Cuando uno está enamorado, o mejor dicho, cuando uno cree estar enamorado, suele perder la racionalidad a la hora de juzgar a la persona amada. Si tiene defectos no se les ven, y si tienen virtudes se les magnifican. Ni tan siquiera somos capaces muchas veces de juzgar con racionalidad el trato que nos dispensa, o la manera que tiene de llevar la relación mutua de amor. Nos basta con sentir su deseo, con creer ciegamente en su palabra, y con ello hacemos todo lo posible para auto engañarnos creyendo que todo es perfecto, y que de esa relación no puede salir nada malo. Pero en muchas ocasiones, cuando las bases de la relación amorosa no son más que pura pasión, los problemas salen por todos lados, o, cuando menos, se sientan las bases para que acaben saliendo en un futuro hasta que terminen por dinamitarlo todo. Cuando los enamorados no encajan mutuamente en temas cruciales de la convivencia del día, cuando tienen sistemas de valores totalmente diferentes, cuando sus aspiraciones de vida no se corresponden, una semilla de discordia se siembra en ellos, por más que la pasión mutua que se sienten el uno por el otro sirva como pegamento momentáneo. Normalmente, cuando uno cree estar enamorado todas estas cosas que avisan de la incompatibilidad entre personas las suele pasar por alto, solo importa el aquí y el ahora, el aquí te pillo y aquí te mato. Simplemente, aunque se puedan vislumbrar las diferencias, uno confía en que el tiempo lo cure todo, tiene esperanza en que las desavenencias se evaporen milagrosamente. Gran error. Por supuesto, cuando una persona cree estar enamorada de otra, cuando su pasión solo tiene ojos para ella, cuando empieza a ver a su amado/a como algo de su posesión, la más mínima señal de no ser correspondido genera un profundo malestar en el ser del enamorado. De aquí viene la desconfianza, y de aquí los celos y las conductas irracionales y posesivas. Cuando se llega a ese punto, uno cree seguir estando enamorado pero, sin embargo, más que gozar, sufre, y por más que nos quieran hacer creer lo contrario en las películas y en las canciones de amor, por más que en la imaginería popular el amor y el sufrimiento se muestren bajo una misma bandera, cuando uno sufre sin más razón que el deseo que siente por otra persona, y esto le hace pensar y comportarse irracionalmente, en mi opinión, esto no puede llamarse amor. Como ya he dicho, el amor es algo bueno por definición, un sentimiento bondadoso, una alegría en la vida del enamorado, por eso el sufrimiento y el amor jamás pueden ir de la mano, porque el sufrimiento nunca puede ser alegre. El único sufrimiento que es racionalmente entendible que pueda nacer del amor, es el sufrimiento que se pueda generar en el amante al ver como el ser amado se destruye, es decir, el sufrimiento que nace de la empatía con el ser amado, pero nunca sufrimiento que nazca exclusivamente por la relación dada entre los amantes. Es lógico que el sufrimiento del amado, por una enfermedad o por cualquier otro tipo de problemas graves en la vida, genere sufrimiento en el que lo ama, de hecho eso es inherente al amor entendido como la sentimental unión del alma entre seres humanos, pero es ilógico e irracional que el sufrimiento se genere directamente por los modos que tienen de relacionarse entre sí los amantes. En este caso, no quepa duda, se sufre de pasión, no de amor. De amor se ama, no se sufre, y miente quien diga lo contrario. Un amante puede sufrir con la tragedia de su amado, porque la esclavitud que es el amor implica que así sea. Un amante puede y debe sufrir con el sufrimiento y el malestar de su amado, puede y debe sufrir cuando su amado se encuentre mal y acuda a él para encontrar consuelo. Porque amar implica empatía, amar implica fusión de las almas, amar implica comprometerse con el amado hasta el punto de ser una misma persona para la risa y el llanto, para el gozo y el sufrimiento, o, como diría el otro, en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte los separe. Pero amar no implica sufrir por la duda de la correspondencia del sentimiento mutuo por parte del amado, amar no implica sufrir por el trato que se dispensan mutuamente los amantes. Cuando existe amor, no existe duda, cuando existe amor, no puede haber desconfianza en la reciprocidad del sentimiento mutuo, el compromiso que es el amor la excluye por definición. Por eso la desconfianza y los celos no son parte del amor, son parte de la pasión. Y la pasión, como los celos, es pura irracionalidad, de ahí que, como los celos, no se pueda controlar ni manejar racionalmente. Y de ahí que vivamos creyendo que el amor es algo irracional. Pero tampoco creo que sea verdad.

Cierto es que la pasión es irracional, que uno no puede elegir a quién desea sexualmente y a quién no, con quién desata su lívido y con quién no. Probablemente este tipo de elecciones las hagamos inconscientemente, y de alguna manera estemos condicionados también por la cultura y sus valores, pero a un nivel tan profundo que es difícilmente manejable racionalmente. Hay también quien dice que entran en juego condicionantes genéticos, que deseamos a las otras personas en base a una serie de factores biológicos que nos determinan a ello, según una serie de condicionantes químicos que nos incitan. Pero yo no me lo creo, o, al menos, no creo que sean el factor determinante, y, por supuesto, no en la mayoría de personas. No dudo que haya personas que experimenten este tipo de condicionantes genéticos y biológicos, pero creo que son los menos, la norma general es más una cuestión cultural que biológica. Creo que la explicación a este tipo de conductas irracionales que se esconden tras la pasión, a estas elecciones no conscientes que hacemos en relación a otras personas, hemos de buscarla en los cánones estéticos y demás factores culturales que nos inculcan desde niños a través de los diferentes medios audiovisuales. No solo crecemos rodeados de mensajes de amor pasional interpretados en clave de único amor verdadero, si no que, además, este estereotipo amoroso suele ir ligado a unos cánones estéticos, y unos moldes de personalidad muy determinados. Por supuesto, es la belleza el factor más determinante en este tipo de relaciones idílicas, pero no el único. El éxito social y personal, la riqueza, la inteligencia, suelen ser habitualmente también buenos complementos que acompañan a la belleza. De una manera u otra, al igual que nos lanzamos a la búsqueda del amor pasional creyendo que es el único modelo de amor posible, nuestra búsqueda pasional está determinada también por toda esta serie de estereotipos idílicos que hemos mamado desde pequeños. No solo buscamos el amor pasional, si no que, además, inconscientemente lo asociamos a la búsqueda de una persona con un estereotipo muy determinado: que sea guapa, de buena posición social, inteligente, etc. Aunque, realmente, es la belleza lo que más determina nuestra búsqueda. Tenemos la costumbre de asociar belleza con pasión, gusto estético con deseo, y de ahí que acabemos por asociar también, por extensión, amor con belleza y deseo. Cuando analizamos a los posibles amantes, es la belleza aquel condicionante que primero llama a nuestra puerta. Y nos empeñamos en buscar a esa persona que se asemeje al molde idílico que hemos construido en nuestra cabeza, por supuesto, siempre un molde repleto de belleza. Una imagen que no solo proyectamos hacia fuera, hacia la búsqueda externa, si no que usualmente lo hacemos también hacia nuestro propio yo, hacia nuestra propia búsqueda interior, pensando que al igual que nosotros buscamos fuera un estereotipo determinado, los de afuera buscarán en nosotros ese mismo estereotipo. Por eso, la mayoría de la gente se obsesiona con la belleza en la búsqueda del amado, y tiende a prestar una atención menor a otro tipo de factores de la personalidad, que a la larga suelen ser los más definitorios en el bienestar de una relación amorosa. Pero, por eso también, existe una tendencia generalizada hacia la búsqueda de la belleza física en uno mismo, una tendencia que causa tantos y tantos problemas cuando, al mirarnos al espejo, no logramos encontrarla, o, mejor dicho, creemos no poder encontrarla en eso que vemos allí reflejado, es decir, en nosotros mismos. No digo que en todos los casos sea así, pero sin duda que ocurre en una amplia mayoría de individuos de nuestra actual sociedad. Y esto tiene una doble influencia sobre nosotros mismos y nuestra vida. Por un lado nos convertimos en esclavos de la estética, paso previo que, en muchos casos, es el desencadenante de todo tipo de problemas psicológicos relacionados con nuestro aspecto físico y la manera que nosotros mismos tenemos de percibirlo. En realidad, cuando uno se mira en el espejo y no encuentra en su imagen la belleza deseada, está proyectando sobre sí mismo el estereotipo buscado en el amante que se encuentra afuera de él, y a partir de aquí se construye una auto imagen de rechazo que es causante, en buena parte, de problemas tan presentes en nuestros días como la anorexia, la bulimia, la falta de seguridad en un mismo, etc. Aunque he de decir que este asunto es más propio de otro ensayo filosófico que del aquí escrito, a pesar de que, a mi juicio, esté estrechamente relacionado con el tema aquí tratado. Por otro lado, y esto es lo que afecta propiamente a lo aquí analizado, en la búsqueda del amado en muchas ocasiones acabamos por dar más importancia a la belleza y la atracción sexual que a otros rasgos de la personalidad de nuestro amante como pueden ser la bondad o el saber estar en el mundo, así como acabamos por anteponer estos factores pasionales a otras circunstancias de la relación como puede ser, por ejemplo, el compromiso mutuo de bienestar y el respeto a la libertad del otro. Es cierto que la mayoría de las personas suelen negar que condicionen su relación amorosa al aspecto físico de su amante o a la atracción sexual que despierte en él-ella, pero en el fondo, si hacemos un ejercicio de sinceridad con nosotros mismos, caeremos en la cuenta de que suelen ser estos los dos factores más determinantes a la hora de iniciar una nueva relación amorosa. Luego, es cierto, se buscan otras aptitudes y se intenta crear una relación sólida sobre esta primera base, pero también es cierto que tendemos a creer siempre que esta base debe darse sí o sí, y que ello, cuando se vincula con otros sentimientos más afectivos, ya es en sí mismo garantía de amor, no siendo pocas el número de ocasiones en que uno deja pasar por alto los fallos y defectos que van aflorando con el devenir de la pareja en la personalidad del amado, así como las evidencias que nos hacen ver que aquella no es una relación plenamente satisfactoria, solo por no echar a perder lo que, a pesar de estas evidencias y contradicciones, creemos que es una relación que merece la pena, es decir, una relación con una persona a la que se desea sexualmente y con la cual uno ve como se desata toda su pasión, amén de otros sentimientos afectivos. Este tipo de cosas no se suelen detectar en el momento mismo de la relación, pero son más fácilmente analizables una vez la relación se ha terminado y el tiempo acaba por poner a cada uno en su sitio. Es pasado este tiempo cuando uno analiza su situación anterior y comienza a ver en ella toda una serie de errores y defectos que condicionaban el bienestar de la relación. Entonces, una vez la pasión ha pasado a un segundo plano y la razón puede anteponerse al impulso sexual, cuando el castillo de arena que idealizaba a la figura del amado se ha derrumbado, uno empieza a darse cuenta de los defectos en la personalidad de su ex amado, a darse cuenta de los problemas graves que condicionaban el bienestar de la relación, y normalmente se llega a la conclusión de que o bien se estaba con la persona equivocada, o bien la relación debiera haberse dejado hacía mucho tiempo, y así haberse evitado sufrimiento mutuo. Digo esto, porque estoy convencido de que no hace falta llegar a estos extremos para usar la razón en el análisis del amor y de las relaciones amorosas, desde la propia posición personal dentro de la relación.

Sinceramente, creo que el amor es algo tan racional como cualquier otra elección racional de la vida -valga la redundancia-, ya que no es casual, es buscado. Somos seres necesitados de amor, lo somos desde que nacemos y necesitamos el amor de la madre, y lo seremos durante toda nuestra vida. Necesitamos recibir amor sí, pero también, por proyección, necesitamos darlo. Por tanto, el amor no es algo que llegue de manera casual a nuestras vidas, el amor es algo que nace ya con nosotros como una necesidad de mutua reciprocidad y que buscamos ansiosamente. Y las búsquedas, como no puede ser de otra manera, son siempre búsquedas racionales o, al menos, potencialmente racionalizables. Aunque crezcamos con la idea de un amor sustentado en la pasión y la irracionalidad, aunque nos desarrollemos socialmente creyendo que no existe manera humana de escoger racionalmente al ser amado, lo cierto es que todo esto no deja de ser otra gran mentira de las revistas del corazón, de las novelas rosas y de las películas de “pasteleo”. El amor, entendido como la búsqueda de la persona amada, es decir, como la búsqueda de aquella o aquellas personas con las que compartir libre y voluntariamente tu vida en mutuo compromiso de fidelidad amorosa, es algo tan racional como lo puede ser la elección de un trabajo, o multitud de decisiones similares que se toman en la vida. En la búsqueda del ser amado también es posible anteponer la razón a las pasiones, y no solo eso, sino que creo que por nuestro propio bien es lo más deseable. He puesto el ejemplo del trabajo, ya que, al caso, me parece una comparación bastante adecuada. Teniendo en cuenta el número de años que una persona se tira trabajando a lo largo de su vida, es conveniente que esta persona desarrolle su labor en un puesto que le sea de su agrado, ya que de lo contrario su calidad de vida se puede ver resentida ante el malestar generado por encontrarse a disgusto en aquello que obligatoriamente debe hacer todos los días. No es lo mismo levantarse por la mañana e ir a trabajar en algo en lo que uno pueda sentirse a gusto y realizado, que ir a trabajar a un lugar donde uno no se encuentra cómodo y donde solo va por obligación laboral y por no quedarle otra alternativa, aunque le tenga una animadversión tremenda. Mientras que en el primero de los supuestos trabajar puede ser un gozo, en el segundo puede llegar a convertirse en un verdadero infierno. Si una persona que desea ser médico acaba trabajando en una mina (por decir un trabajo duro, no se piense que tengo algo en contra de los mineros), probablemente su grado de felicidad y su grado de calidad de vida se vea reducido considerablemente de una situación a la otra, ya que no debe ser lo mismo para ella levantarse cada mañana para ir a su consulta, donde se siente realizada, donde puede llegar a sentirse útil y gozosa, que hacerlo para tener que ir a una mina, donde solo se encuentra en virtud de sus necesidades económicas y donde no queda satisfecha con el trabajo desarrollado. Por tanto, a la vista de que necesitamos dinero para poder vivir en esta sociedad capitalista, y que este suele ganarse mediante el trabajo, es lógico que las personas tratemos de buscar aquel puesto de trabajo en el que nos sintamos más cómodos y realizados, tratando con ello de darle un plus de felicidad a la calidad de vida de nuestro día a día. Para ello buscamos la formación académica apropiada, y luego hacemos todo lo posible para buscar el puesto de trabajo que se adecue a nuestras aspiraciones. Solo en caso de no encontrarlo, y en virtud de las necesidades económicas propias de una sociedad como la nuestra, analizamos otras posibilidades hasta finalmente decidir por la que más nos interese, o, en último caso, en caso de pura y dura necesidad, por la que podamos –aunque no la deseemos- para tener sustento económico suficiente. Pues bien, en mi opinión, en esta sociedad capitalista, que te obliga a vivir de esta manera tan determinada por el trabajo, el salario y el consumo, hay dos elecciones que por el número de horas que vamos a destinarles de nuestras vidas en el futuro, probablemente afecten en grado supremo sobre el bienestar y la calidad de vida que nos esperan en los años de la edad adulta: la elección de puesto de trabajo y la elección de la persona –o personas- con la que compartir nuestra vida en mutuo compromiso de fidelidad amorosa. Es decir, la búsqueda del trabajo y la búsqueda del amor. Y díganme una cosa, ¿ustedes conocen a alguien que escoja su trabajo en virtud de elementos pasionales o irracionales? Entonces, ¿por qué debemos escoger nuestra relación amorosa en virtud de estos criterios irracionales y no a través de la aplicación de la razón? Creo, que al igual que ocurre con el puesto de trabajo, lo primero que debemos hacer en la búsqueda amorosa es usar la razón para la localización de nuestro amado/a, y solo en caso de no encontrar aquello que buscamos racionalmente, entonces echar mano de otros criterios como, por ejemplo, pueden ser la pasión o la pura necesidad afectiva. Cuando uno no puede trabajar en lo que quiere, entonces uno debe acabar trabajando en lo que puede. Pues exactamente igual con la búsqueda del amor: cuando uno no puede encontrar a la persona ideal que él quiere en virtud de su racionalidad, entonces uno debe acabar amando a la persona que pueda y se deje. Pero, a diferencia del mercado laboral, donde existe una competencia enorme, y en el que entran en juego factores diversos como la formación académica o la experiencia, en el mundo del amor, debido a la enorme cantidad y diversidad de personas existentes, entiendo que todo aquel –o al menos la mayoría de nosotros- podrá acabar encontrando a la persona que busque racionalmente. Eso sí, olvídense desde ya de los estereotipos de las películas de amor, y de los romances tipo “revistas del corazón”. Por supuesto que a nadie le amarga un dulce, y que todo el mundo, en primera instancia, piensa en acabar encontrando a una persona a la que desee pasionalmente con todas sus fuerzas, y cuya belleza colme sus deseos estéticos. Pero esto es algo tan superfluo, algo tan superficial, que no debiera estar si quiera ni entre las cualidades puestas encima de la mesa como necesarias y suficientes a la hora de lanzarse a la búsqueda amorosa por la vía de la razón. Muy al contrario, cada persona debe analizarse a sí misma, y a partir de ahí elaborar un molde realista conforme a su propia personalidad, y buscar a aquellas persona que más se adecuen a sus propias características. Uno debe ver si es introvertido o extrovertido, si tiene unas aficiones u otras, si es sociable o casero, si valora en las personas unos detalles u otros, y así sucesivamente hasta diseñar un molde realista de su amado. Por supuesto, cuestiones como la bondad de la persona amada, el hecho de compartir aficiones y gustos, la compatibilidad de personalidades respecto a temas de convivencia en el día a día de la relación, el sentirse cómodos y seguros mutuamente, el compaginarsen los caracteres principales de la personalidad de cada uno, etc., son aspectos muchísimo más importantes que la atracción sexual, la pasión o la belleza. Aunque suene a tópico, al final la belleza se marchita, la pasión se desvanece, y lo que te queda de verdad es la persona con la que tienes que compartir el día a día de la relación. Si te confundes en la elección, al igual que ocurre con aquella persona que tiene que desempeñar un puesto de trabajo que no le satisface, a la larga eso acabará repercutiendo en tu calidad de vida y en tu bienestar, por muy bella y muy atractiva sexualmente que pueda ser, en el momento de conocerla, la persona elegida. Por eso, considero que debemos olvidarnos de estereotipos culturales, y debemos buscar el amor desde la racionalidad, no desde la pasión. Cuando creamos haber encontrado a la persona de nuestra vida, algo que probablemente ocurrirá más de una vez en nuestras vidas tras haber dado con una persona que satisfaga en un primer momento nuestra búsqueda inconsciente de pasión y belleza, en lugar de agarrarnos a la situación como si fuera un regalo de Dios que debemos conservar a toda costa, tratemos de analizar racionalmente la situación, mirar en el interior de la persona supuestamente amada, comparar las mutuas personalidades, imaginar la situación de la pareja a 20 años vista, etc., no vaya a ser que por dejarnos arrastrar por la mera pasión del primer momento y las primeras impresiones, el regalo divino se acabe convirtiendo en una carga diabólica. Ya saben, sobre todo las mujeres, que hoy en día, por desgracia, son cada vez más frecuentes los casos de maltratos machistas, muchas veces con el trágico resultado de muerte. Baste decir, que a todo este tipo de sucesos, hasta hace bien poco se les denominaba “crímenes pasionales”, para entender que todo esto guarda alguna relación con la reflexión que estoy haciendo. Pero no solo hay que ponerse en estos casos extremos, hablemos, por ejemplo, de las miles de parejas que tienen peleas casi diarias como consecuencia de los celos de uno de los miembros, o de los dos. O la cantidad de matrimonios que no se soportan, pero que no se separan bien por falta de valentía, bien por miedo a las consecuencias, tales como el efecto de cara a los hijos, la dependencia económica de alguno de los cónyuges, el miedo a la soledad, la costumbre, etc. Osease, al igual que en estos, se me ocurren otra multitud de casos en que las relaciones amorosas sufren las consecuencias de una mala elección en el amor por parte de los implicados, la mayoría de ellos generados por una confusión inicial entre amor pasional y amor verdadero. Cuando uno comienza a construir una casa sobre unos cimientos inestables, lo más normal es que, antes o después, la casa se acabe viniendo abajo, con el correspondiente riesgo de pillar a alguno de sus habitantes debajo y causar una tragedia. Pues exactamente esto suele ocurrir cuando la primera piedra que se pone sobre la edificación de una pareja es el “amor” pasional y el deseo sexual, sin analizar otros factores que puedan acabar por derrumbar el edificio y causar una tragedia, es decir, generar sufrimiento por lo menos a una de las partes implicadas (cuando no a todas ellas), y que ya desde el principio pueden observarse. Es decir, cuando la pasión y el deseo sexual que se dan en los momentos iniciales de una relación se confunden, así, sin más, con el amor, se corre el riesgo de embarcarse en una tormentosa aventura que, a la larga, acabe por generar más sufrimiento que bienestar. Por ello, entiendo que en el amor, como dije antes con el trabajo, la razón debe ser la piedra angular sobre la que edificar nuestro proyecto de vida. Ello, por supuesto, no nos garantiza el éxito y el bienestar, pero, desde luego, creo que mitiga bastante las posibilidades de que una relación acabe en tragedia.

Así, por tanto, y aunque sé que esto que voy a decir ahora puede sonar extravagante, e incluso pueda que sea de difícil comprensión para la mayoría de ustedes, pues choca frontalmente con la idea que hemos interiorizado culturalmente del amor y sus implicaciones vitales, estoy completamente seguro que se puede elegir a la persona amada en base a criterios puramente racionales, y que, por no hacerlo, por no intentarlo si quiera, todos los días hay millones de personas que, confundidas por la idealización pasional en que han convertido la búsqueda del amor, dejan escapar de su lado a personas a las que podrían amar de verdad y con las cuales probablemente pudieran vivir por siempre felices y estables, pero a las cuales no son capaces de reconocer como amantes por no encajar con ese falso estereotipo de pasión y belleza culturalmente determinado.

Dicho esto, soy consciente de que es ciertamente difícil hacer creer a la gente que el amor es cosa de la razón y no las vísceras, máxime teniendo en cuenta que desde que uno tiene uso de ella, se le ha hecho creer lo contrario, es decir, se le ha ofertado la idea de que el amor es ante todo fruto de la irracionalidad y de la pasión. Consecuentemente a uno le cuesta mucho trabajo creer que es posible amar a una persona sin, por ejemplo, sentirse atraído sexualmente por ella, o que es posible encontrar a la persona con la cual uno desea compartir su vida sin que en ella se encuentre una fuente continua de pasión. Creen que a ese tipo de relación se le llama amistad, pero no se dan cuenta de que la amistad, aunque responda también en buena parte a este tipo de características, está sentimentalmente un escalón por debajo de ello, es otra cosa diferente, no se hace de ella una cárcel, no se proyecta una vida mutua en común donde los amigos sean, como los amados, uña y carne en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad. Por decirlo de algún modo comprensible, mientras que la amistad se da de puertas hacia fuera de uno mismo, el amor se da de puertas hacia adentro, y crea un vínculo racional que da origen a una relación ha de unirse en un sentimiento afectivo mutuo y un deseo mutuo de compromiso vital, con aspiraciones de constituirse en un núcleo familiar al uso. Por ello, acostumbrados como estamos a emocionarnos cuando vemos a una mujer o un hombre hermoso, a excitarnos cuando tenemos cerca de nosotros a una persona que deseamos sexualmente, a perder la cabeza por la pasión, nos es altamente complicado entender que pueda haber un amor donde esas cosas sean si no prescindibles, al menos sí de una importancia secundaria, e incluso ridícula. No podemos, o no queremos, entenderlo. Y seguimos empeñados en buscar a aquella persona que nos haga sentir todas esas cosas que vemos en las historias de amor de las películas. Sin duda, vivimos demasiado condicionados por los valores culturales que nos vienen impuestos desde la sociedad, y que aprendemos a través del propio proceso de socialización. Por eso nos cuesta tanto creer que sea posible encontrar modelos alternativos de amor que, en lugar de en la pasión, se amparen en la razón. Pero nos equivocamos, sin duda que nos equivocamos. Y nos equivocamos no ya por no optar por el modelo de amor racional, donde se busca al amado-a con la cabeza y no con el deseo sexual y los condicionantes estéticos, que esto es algo muy subjetivo y, digamos, al gusto del consumidor, ya que uno puede ser conocedor de los riesgos que entraña dejar en manos de la pasión las relaciones amorosas y aun así seguir deseando que sean estas quienes fluyan en su vida. Nos equivocamos, simplemente, por no cuestionarnos la racionalidad de los modelos que nos vienen determinados por sistema. Ahí es donde reside el verdadero error. Uno puede después optar por reproducir racionalmente el modelo tradicional de amor, con sus virtudes y sus defectos, sus errores y sus aciertos, sus cosas buenas y sus cosas malas, sus valores seguros y sus riesgos, pero lo conveniente es que haga esto siendo conocedor previamente de que lo hace de modo racional, es decir, tras haber tratado de ir hasta el fondo de la cuestión y haber desmantelado toda la estructura cultural-irracional que lo sustenta. Una vez que uno se da cuenta de que aquello que nosotros creemos que es amor no es más que una imposición irracional de la cultura, y a partir de aquí somos capaces de darnos cuenta que existen otros modelos diferentes entre los que poder optar que también cumplen esa misma función amorosa, entonces estamos en disposición para optar racionalmente por la alternativa que nos parezca mas atractiva, o más acorde con las características de nuestras propia persona. Al final acabaremos, pues, si así lo deseamos, haciendo lo mismo que hubiéramos hecho de haber seguido las imposiciones culturales de la sociedad, pero lo habremos hecho desde la razón y no desde la imposición de la cultura, y con el previo conocimiento de que existen otras alternativas igualmente válidas. Esto nos convierte en personas más comprensivas con los demás, y, sobre todo, más capacitadas para entender la diversidad. Luego ya que cada cual decida que vía entiende como más apropiada para la búsqueda del ser amado, la racional o la pasional, o, porque no, una mezcla de ellas, pero esto solo será posible en el momento que seamos capaces de entender que el concepto de amor que estamos acostumbrado a manejar en nuestro pensamiento es, las más de las veces, una construcción cultural que hemos interiorizado desde la sociedad y no, como pudiera parecer en primera instancia, una actitud natural del ser humano que se refleja en la mente. Y esto, como digo, implica mayor compresión del otro y, sobre todo, más respeto para con todos los tipos de relaciones amorosas existentes, por muy extravagantes que puedan parecernos.

E implica respeto porque la cuestión cultural no solo suele quedarse en el análisis subjetivo del “molde” que debemos usar para la búsqueda de la persona amada, si no que normalmente implica también las formas a seguir en el establecimiento y el desarrollo de la relación, así como la valoración y el juicio que hagamos en relación con los demás y sus relaciones amorosas. Por ejemplo, en la sociedad occidental el modelo tradicional de relación amorosa, el mayoritariamente buscado y aceptado, se basa en la relación establecida entre dos personas de distinto sexo que se unen en libre compromiso de mutua fidelidad. Pero fidelidad en el sentido más amplio de la palabra, es decir, tanto en el plano sentimental como en el ámbito sexual. Si analizamos detenidamente esta estructura tradicional de la relación amorosa, podemos observar que prácticamente es una representación fidedigna de los valores cristianos en relación a este tema proyectada por la cultura y la moralidad hasta nuestros días. Así, la relación amorosa propia del imaginario colectivo de nuestros días, responde a una relación heterosexual donde los amantes se unen en matrimonio (o en algunas de las otras variantes, como las parejas de hecho) y se prometen fidelidad mutua, siendo el adulterio, la infidelidad sexual, algo no permitido en la relación. Digamos que nadie jamás será socialmente criticado por seguir esta línea de relación amorosa. Sin embargo, toda otra relación que se escape a este modelo tradicional siempre es proclive a estar en tela de juicio y puesta en boca de las críticas morales de los demás. Ya sea una relación homosexual, o una relación heterosexual sin compromiso mutuo de fidelidad sexual, estas “otras” relaciones están continuamente expuestas a los prejuicios morales y las críticas negativas de la mayoría social establecida. Así, como no podía ser de otro modo, la elaboración de este tipo de juicios morales se dan fundamentalmente en personas que responden a este patrón socialmente aceptado y que, por los motivos que sean, no han tenido la suficiente valentía (o la capacidad o el conocimiento) como para ir hasta el fondo de la cuestión amorosa, como para profundizar en el océano del amor hasta encontrar allí las diversas alternativas que se pueden seguir en la relación amorosa, pudiendo ver así que la opción por ellos elegida, por ellos seguida presuntamente de manera natural, no deja de ser una más entre las múltiples variables existentes, ni mejor ni peor que las demás, simplemente una más de las múltiples existentes que se pueden dar, y que, lejos de ser algo natural, aparece de manera espontánea en la vida de los sujetos por ser una imposición de los valores propios de la sociedad y la cultura donde estos se desenvuelven. Cuando esto no ocurre, cuando no se intenta racionalizar, por la vía de una profunda reflexión, el amor y su vinculación con las relaciones dadas entre los individuos de una determinada sociedad, cuando uno se limita simplemente a seguir lo previamente establecido por la cultura, se puede dar el problema de creer que por ser una persona que sigue, respeta y representa los valores tradicionales aprendidos por medio de la cultura socialmente aceptada, uno se encuentra en el lugar adecuado como para poder juzgar moralmente a los demás que estén en otras posiciones distintas, y, por tanto, con derecho para ello. Esta persona, quien hace esto, quien emite estos juicios de valor sobre el modo de relacionarse amorosamente que tienen los demás, lo hace desde su irracionalidad y, por qué no decirlo, desde su ignorancia, ya que no es capaz de contemplar esas otras posiciones amorosas como elecciones libres y voluntarias igual de válidas que la suya, si no que las ve como una malformación del tronco original que ellos representan y que es socialmente aceptable por ser una tendencia natural del sujeto, y, por tanto, como una posición moralmente inferior a la suya, lo que le da, supuestamente, poder para criticarlos y atacarlos, y derecho para hacerlo impunemente sin ninguna carga de consciencia ni la creencia de estar haciendo mal alguno, todo lo contrario. Por eso, cuando una persona va racionalmente hasta el fondo de sus propias convicciones morales, y analiza como le han sido dadas a su entendimiento, y comprende hasta que punto son meras representaciones de los valores culturales impuestos por la sociedad y mayoritariamente establecidos, entonces uno se auto capacita para entender que todos los otros valores que comparten con estos ese espacio social y cultural en relación a ese tema determinado (en este caso las relaciones amorosas), no han de ser algo moralmente rechazables y de una categoría moral inferior a la de ellos, si no, muy al contrario, una postura tan respetable como la suya propia, ya que ambas posiciones no dejan de ser una más de las diversas alternativas posibles, diferentes entre sí, pero tan racionales y válidas la una como la otra.

Afortunadamente en el tema de las relaciones amorosas la sociedad tiende poco a poco a desprenderse de esos valores católicos tradicionales que nos acompañan en nuestro proceso de socialización como normas culturales socialmente aceptables, y que tanto daño han hecho a la aplicación de la razón en el amor. Un buen ejemplo podemos encontrarlo en las relaciones homosexuales. Aunque todavía sigue existiendo un sector bastante amplio de la sociedad que adopta posturas moralistas respecto de los homosexuales –desde las “tradicionales” fobias, a la negación política de sus derechos legales-, por fortuna cada ves son más las personas que expresan libremente su condición de homosexuales, y cada vez es mayor el número de ciudadanos que los respetan y los comprenden, analizando su posición como una opción –voluntaria o no voluntaria, pero al fin y al cabo una opción respecto de la sexualidad y las relaciones amorosas- a la cual se le debe tener tanto respeto como a la opción propia de cada cual y las opciones tradicionales. Sin embargo, curiosamente, en cuanto a las relaciones monogámicas, otra opción en el establecimiento de la pareja propio del cristianismo y llegado hasta a nosotros por la influencia de este en nuestra actual cultura, la unanimidad social es prácticamente total. Las relaciones amorosas en nuestra sociedad son entendidas prácticamente por el cien por cien de nosotros como una relación entre dos personas exclusivamente. Incluso, fíjense que curioso, en el caso de los homosexuales, a pesar de que muchos de nosotros podamos creer que estas son uniones amorosas exentas de la influencia de los valores católicos tradicionales, el modelo de relación amorosa que se ha impuesto en sus uniones, el que prevalece en sus relaciones amorosas, es el modelo tradicional de la sociedad católica, es decir, el modelo de las uniones entre parejas monogámicas que se prometen mutua fidelidad sexual. Bien es cierto que entre el colectivo homosexual, fundamentalmente entre cierto sector del colectivo gay, existe cierta tendencia a la promiscuidad y la experimentación sexual que no existe tan usualmente entre los heterosexuales, pero a la hora de unirse formalmente en matrimonio, o de establecer una relación seria, el modelo escogido es, curiosamente, el modelo tradicional católico. Esto demuestra cuan fuertes pueden llegar a ser los valores culturales socialmente establecidos y lo difícil que resulta para el sujeto desembarazarse de ellos. Por mucho que pensemos que estamos capacitados para replantearnos la validez de su existencia en una sociedad tan cambiante como la nuestra, lo cierto es que una y otra vez vuelven a manifestarse. Imagínense ustedes, a la vista de las reacciones dadas recientemente en cierto sector de la sociedad ante temas como el matrimonio gay, como reaccionarían un amplio sector de la sociedad –entre ellos algunos de los homosexuales que ahora se han unido en matrimonio monogámico- si de repente a un pequeño sector de la población le diera por formar uniones amorosas de más de dos personas. Ya no hablo de tríos al estilo sexual por todos conocido, si no de pequeños grupos de enamorados que toman la decisión de compartir sus vidas en todos los aspectos. Osease, una relación amorosa pero donde los amantes no sean dos, si no tres, cuatro o cinco o seis personas. Es decir, si hemos dicho que es posible buscar racionalmente a la persona amada en base a una serie de criterios previamente establecidos, como pueden ser la personalidad del amante o las aportaciones mutuas a la relación afectiva y su implicación en la vida cotidiana, imagínense ahora que sobre la base de una pareja formada de esta manera, se sumase a la relación amorosa otra persona que contara con el beneplácito racional de ambos integrantes de la pareja, y que, por tanto, recibiera y diera recíprocamente amor a los dos miembros previamente existentes en la relación. De esta manera habría una unión de tres personas donde todos ellos se aman entre sí: A ama a B y C, B ama a A y C, y C ama a A y B. Digamos que esta relación amorosa se pudiera ir desarrollando paulatinamente con la adhesión de más miembros, contando para ello con el único requisito de la existencia de amor mutuo entre todos los implicados, formando con ello una unión social, una unidad familiar, donde se comparten los aspectos propios de las familias (unidad económica, hijos, responsabilidades, etc.), pero que en lugar de estar compuesta por dos personas, lo estaría por 3 o más integrantes. Por supuesto, esta relación solo es factible en virtud de la creencia en el amor racional, es decir, en virtud del uso de la razón como arma para la búsqueda del amado y/o los amados, ya que el amor pasional implica una serie de cosas (ansias de poseer individualmente a la persona amada, celos, etc.) que serían absolutamente incompatibles con este modelo de relación amorosa, salvo que se construya sobre un pilar de posesión de uno a varios de los integrantes, es decir, que al menos uno de los integrantes se sienta en posesión de los demás y esto sea respetado por estos otros, que entre sí no establecen vínculos posesivos algunos. Imagínense si esto alguna vez llegara a darse, si finalmente algún día hubiera relaciones multi-personales de este tipo, la que se liaría entre los sectores mas reaccionarios de la sociedad, y en un primer momento entre la gran mayoría de los no tan reaccionarios. Evidentemente esto que digo, analizado desde nuestra actual posición social, pasado por el filtro de nuestros actuales valores culturales, puede sonar a ciencia ficción, o ser un modelo de relación amorosa ni tan siquiera comprensible, pero si, una vez más, nos vamos al fondo de la cuestión y desmontamos toda la estructura culturalmente aprendida que domina nuestro pensamiento, estaremos capacitados para entender que no es algo tan extraño ni descabellado, y que, tal y como funciona la sociedad capitalista, donde se hace cada vez más difícil mantener una familia con casa, coche, hijos, etc., siendo esto a su vez la aspiración de la mayoría, puede que en un futuro, con el objetivo de compartir todas estas cargas económicas o por pura evolución del pensamiento, se den este tipo de uniones múltiples y entonces, probablemente, contaran con mayor o menor rechazo social, pero, desde luego, que no serán vistas como algo irracional. Lo que ocurre es que para nosotros, hijos de la mentalidad católica tradicional –nos guste o no nos guste-, herederos de una tradición amorosa casi idéntica a la derivada de la doctrina católica, hablar de este tipo de uniones se escapa de nuestra visión y se nos hacen difíciles de comprender. Sobre todo porque estamos acostumbrados a relacionar el amor con un sentimiento dado entre dos personas, incluso, si me apuras, dado entre varias personas pero donde existen pares de enamorados (por ejemplo relaciones poligámicas tradicionales, o las relaciones de pareja donde existe, por parte de uno de los cónyuges, una infidelidad que es algo más que sexo). Así que cuando nos sacan de este molde tradicional, y nos hablan, por ejemplo, de un amor dado entre dos personas pero extensible a una tercera, o una cuarta, etc., lo vemos todo muy extravagante. Pero la idea puede ser más sencilla de comprende expuesta de la siguiente manera: al igual que en un grupo de amigos, la amistad se da recíprocamente en mayor o menor grado entre todos los miembros del grupo, y todo son amigos de todos simultáneamente (Juan es amigo de Andrés, pero también es amigo de Antonio, de Julián, etc., y Julián es amigo de Juan pero también es amigo de todos los demás, y así uno a uno con todos los miembros.), en este tipo de relaciones amorosas el amor se daría recíprocamente entre todos los integrantes del grupo (Juan ama a María, pero también ama a Andrés, a Carmen, etc., y Carmen ama a Juan pero también ama a todos los demás, y así uno a uno con todos los miembros ). Podría darse el caso en el futuro, por qué no. Pero no piensen ustedes que esto lo estoy diciendo sin sentido alguno o solo para demostrar mis dotes imaginativas, todo lo contrario, si he expuesto este caso es, precisamente, para demostrar a través de él (que puede parecer un caso extremo) varias cosas que he ido tratando a lo largo del artículo que aquí termina y que ahora quiero que me sirvan a modo de conclusiones generales del mismo:

1) Que en la manera de entender las relaciones amorosas, como en muchos otros temas de la vida social de los individuos de nuestra actual sociedad, existen una serie de patrones culturales socialmente aprendidos que dominan la mentalidad mayoritaria de la población, y que, para bien o para mal, se reproducen sistemáticamente por el pensamiento subjetivo, con tendencia a creer que se dan de manera natural, en lugar de por un proceso de enculturación previamente interiorizado.

2) Que cuando nos sacan de estos patrones mayoritarios y nos plantean situaciones alejadas de ellos, tendemos a creer que son extravagantes (cosa de “locos”), aunque en realidad sean simples construcciones racionales que pudieran darse como una alternativa al modelo tradicional y usualmente utilizado por nosotros mismos y nuestro entorno, y, por tanto, aun siendo extrañas y extravagantes por poco frecuentes, no tienen porque tener nada de irracionales, todo lo contrario.

3) Que para llegar al fondo de los temas es necesario destruir mentalmente toda la estructura cultural construida socialmente, y a partir de ahí analizar las cosas desde la racionalidad, y ver las diferentes alternativas en equidad moral, lo cual implica que no se elaboren juicios morales sobre ninguna de ellas, no al menos tomando el modelo tradicional como referente de validación.

4) Que, como he explicado al comienzo del escrito, puede existir el amor sin atracción sexual, ya que el deseo y la pasión pueden quedar en un segundo plano si existen otra serie de factores sentimentales y personales que unifiquen a los integrantes de la relación. Y es que lo que primaría en este tipo de relaciones multilaterales sería el sentimiento mutuo de amor que se tendrían todos los integrantes, el deseo mutuo de compartir una vida familiar en común que los unifique bajo un mismo sentimiento, y los vincule emocionalmente a los unos con los otros, sin que ello implique que tengan que mantener relaciones sexuales entre todos ellos. Es decir, que los integrantes de la relación no tienen porque sentirse atraídos sexualmente por todos los otros integrantes, y no por ello esto tiene que suponer un problema para la relación común de amor. Como no debe suponerlo, seamos sinceros y consecuentes, en las relaciones usuales dadas entre dos personas que se unen bajo un mismo proyecto de vida para formar una familia, con sus hijos y su mundo mutuo de felicidad y compromiso.

Por último, para los que se haya podido escandalizar con esta última idea de las relaciones múltiples, que no lean la biografía de la cantante Concha Buica o, seguramente, se acabarán llevando una sorpresa. De ella, en una entrevista en el programa televisivo de Jesús Quintero, fue de quien aprendí algo tan simple como lo siguiente: “Que no existe ninguna cátedra que pontifique sobre el amor”. Y a partir de ahí tomo vida toda esta reflexión que espero y deseo haya sido del agrado del lector.

p.d. Se agradecerán las aportaciones y comentarios, aunque sean críticos y desmoralizantes.