Tª del conocimiento
Teoría triforme del Conocimiento
Podemos considerar la gnoseología o Teoría del Conocimiento como una de las ramas clásicas de la Filosofía. Ya los antiguos filósofos griegos la trataron extensamente, llegando a explorar muchas de las sendas posibles: idealismo, realismo, empirismo, escepticismo. Pero fue con la Modernidad que la problemática del conocimiento se transformó en una cuestión crucial para los filósofos. La lucha contra el escepticismo, la búsqueda de la certeza, así como la indagación por los límites del conocimiento atravesó toda esta etapa, desde Descartes hasta Kant, pasando por Hume y los demás empiristas ingleses. De hecho, según se suele considerar mayoritariamente, la Epistemología o Teoría Filosófica del Conocimiento Científico se inicia propiamente con el despertar de la ciencia moderna dentro de la Filosofía Idealista heredera del cartesianismo, aunque sus antecedentes se remontan al pensamiento filosófico de la antigüedad. En la actualidad, según diversos autores, la disciplina no está sustentada por ningún consenso sino que más bien consiste en una especie de red heterogénea de temas, problemas, enfoques, métodos y autores que conviven sin que exista hegemonía por parte de alguno de ellos. Es por ello, que como estudiante de Filosofía que soy, en los últimos años me haya interesado especialmente por este tema del conocimiento, ya que lo considero de vital importancia para la profundización en mis propios problemas filosóficos. Digamos que el problema del conocimiento supone la base sobre la que he de edificar toda mi filosofía, o, al menos, el eje central sobre el que han de girar mis argumentaciones futuras. Resolver el problema del conocimiento ha supuesto para mí una intensa búsqueda intelectual que, afortunadamente, al día de hoy parece que he comenzado a ver realizada satisfactoriamente. Todos mis argumentos filosóficos, todas mis teorías, se encontraban ciertamente en un periodo de pasividad absoluta a la espera de que finalmente mis dudas acerca del origen y ratificación del conocimiento pudieran verse satisfechas. Ahora, una vez llegado a este punto, quiero elaborar este ensayo para dejar constancia de que por fin, más allá de la lectura y la critica a los principales autores filosóficos de la historia, he conseguido dotarme de una auto respuesta que espero pueda demostrarles racionalmente a todos ustedes durante las próximas hojas de lectura. Siendo esa mi misión en este texto, deseo, igualmente, que, caso de encontrarse alguien en esa misma situación en la cual yo me he visto inmerso hasta hoy, pueda servirle mi teoría para salir del atolladero intelectual que una situación así supone para un filósofo, lo cual sería, sin duda, la mejor manera de poder demostrarse, aunque sea desde la distancia, que algo de razón existe en todo lo que he escrito.
Para empezar creo que es conveniente presentar los dos aspectos epistemológicos fundamentales en torno a los que han de girar las argumentaciones venideras, aspectos estos que, así mismo, han de suponer también las interrogantes y los límites a satisfacer por la teoría. El primero de los temas a tratar será pues el denominado “problema de la justificación”. Este problema gira en torno a la determinación de en qué circunstancias una creencia —es decir, un determinado juicio o proposición con la que asentimos— puede llamarse realmente conocimiento. Como no puede ser de otra manera, simultáneamente a esta interrogante se plantea la reflexión en torno a la “evidencia”, es decir, la reflexión alrededor del sentimiento de seguridad acerca de la certeza de una proposición. Por tanto, puedo decirles ya que con la teoría sobre el conocimiento que aquí nace trataré de dar una solución racional a los inconvenientes tradicionales que la filosofía ha planteado en relación con estos conceptos elementales de la epistemología. A lo largo del texto se irán abordando pues cada uno de estos temas con sus respectivas soluciones, hasta llegar a una situación final donde la teoría nos plantee una serie de elementos justificados y evidentes que puedan ser considerados conocimiento en toda su plenitud. A continuación iré analizando uno a uno los diferentes apartados que nos han de conducir a tan osada afirmación:
A) Estructura ontológica de la realidad
La primera piedra de partida que tiene la teoría, es la creencia de que todo conocimiento ha de versar sobre la realidad. Por realidad hemos de entender no solo aquello que está relacionado con lo real, si no todo aquello que tiene una existencia, se de esta dentro o fuera de la mente del sujeto receptor de ideas, y tenga esta o no tenga una correspondencia con el mundo objetivo. Así pues, no solo debemos considerar realidad el mundo externo en el que se desenvuelve el sujeto, si no que también todas y cada una de sus ideas formarían parte de ella. En principio hemos de partir del supuesto de que tanto el mundo externo como el mundo interno tienen una existencia, aunque ello resulte demasiado arriesgado afirmarlo tajantemente en este momento de la reflexión. Tomemos pues como un supuesto la creencia generalizada en la existencia de un mundo externo, y sumémosle a ello la certeza de la existencia de un mundo interno compuesto de ideas, y llamemos “realidad” al resultado de tal operación. Tanto el mundo objetivo como el mundo psíquico son, por tanto, parte de la realidad, aunque existan ciertas ideas del mundo psíquico –las mentiras- que no se correspondan con lo real. Digamos entonces que si entendemos por realidad, como he dicho, todo aquello cuanto tiene una existencia –aunque esta existencia sea meramente aparente-, la realidad como conjunto total resultaría de la suma de lo real y lo aparente, de lo verdadero y de lo falso, de lo cierto y de lo ficticio. Así pues, tanto el coche en el que ustedes suben por las mañanas para ir al trabajo, como la idea inmaterial que ustedes guardan de ese mismo coche en su mente, como cualquiera de los coches ficticios que ustedes puedan imaginar en su cabeza, son parte de la realidad. Unos son parte de lo real –el coche y su idea-, y otros son parte de lo irreal –los coches inventados-, pero todos estos elementos tienen una existencia propia. ¿Acaso se atreverían ustedes a negar la existencia de sus sueños, fantasías, especulaciones, paranoias y demás ideas ficticias que un momento determinado le rondan dentro de la cabeza? Por tanto, si ninguno de nosotros se atrevería a negar la existencia de este tipo de ideas en el interior de nuestro mundo psíquico, ¿porqué dejarlas fuera de aquello que entendemos por realidad en su más amplio sentido ontológico y filosófico? Parece no tener mucho sentido el querer apartar de nuestra realidad una parte de lo que habita en el interior de nuestra mente, si bien ha sido esta una actitud bastante usual a lo largo de toda la historia de la filosofía. Llamemos mundo real al mundo donde hay una existencia objetiva que va más allá de la mente del sujeto receptor de ideas, pero no tratemos de anclar en él a toda la realidad, es decir, a todo cuanto tiene una existencia, por que, simple y llanamente, es intolerable. De esta manera, tendríamos que en la realidad existen dos tipos de entes existenciales: 1) Aquellos que tienen una existencia o una correlación real más allá de la mente del sujeto receptor de ideas. 2) Aquellos que NO tienen ni existencia ni correlación real más allá de la mente del sujeto receptor de ideas. Llamemos ahora a ese primer grupo “realidad objetiva”, y al segundo grupo “realidad subjetiva”. De esta manera tanto el coche como entidad material como la idea de ese mismo coche que el ser humano guarda dentro de su mente formarían parte de la “realidad objetiva”, ya que ambos entes –el coche y su idea- en primera y última instancia se ven correspondidos con el mundo real, uno mediante su propia existencia –el coche- y el otro mediante su correlación con este –la idea del coche-. Por otro lado, los coches inventados de los que antes hablábamos formarían parte de la “realidad subjetiva”, ya que ellos son una invención de la mente que no tiene existencia ni correspondencia real más allá de ella misma. Así todo lo real sería “realidad objetiva”, tanto en su vertiente existencial como en su correlación mental en forma de ideas, y todo lo irreal sería “realidad subjetiva”. Para sintetizar, digamos que realidad objetiva es todo aquello cuanto tiene una existencia o una correlación existencial que va más allá de la mente del sujeto receptor de ideas, mientras que realidad subjetiva es todo lo demás, es decir, todo aquello que NO tiene una existencia o una correlación real fuera de la mente del sujeto receptor de ideas.
Atendamos ahora en exclusividad a la definición dada para realidad objetiva: todo aquello cuanto tiene una existencia o una correlación existencial que va más allá de la mente del sujeto receptor de ideas. Observemos que dentro del marco global existen claramente dos partes: lo que tiene una existencia en el mundo real, y lo que tiene una correlación existencial con el mundo real. Cada una de estas partes se corresponden con un elemento particular de la realidad: Lo que tiene una existencia en el mundo real sería todo aquello cuanto existe, valga la redundancia, en el mundo real –un árbol, un coche, un planeta, una ley física, etc.-, mientras que lo que tiene una correspondencia existencial con el mundo real sería todo aquella idea que el ser humano procesa y acumula en el interior de su mente de estos entes reales nombrados con anterioridad –la idea árbol, coche, planeta, la formulación matemática de una ley física, etc.-. . Llamemos Causa a cada uno de los elementos que conforman el primero de los grupos, e idea causal a cada uno de los elementos que están dentro del segundo. Digamos también que toda Causa lleva impresa una idea causal en potencia que el ser humano está capacitado para transformar en acto, y que es la base de toda creencia y conocimiento, como más adelante expondré. Es decir, el coche que vemos en la calle, es a la vez en sí mismo coche e idea de coche, una idea en potencia asociada a la naturaleza existencial del coche que el ser humano está capacitado para transformar en acto y que es lo que genera finalmente la creencia “coche” en el interior de la mente humana. De esta manera, podemos hablar ya de una realidad objetiva compuesta por Causas e ideas causales, es decir, una realidad objetiva compuesta tanto por coches, árboles, etc., como por las ideas mentales que esos mismos coches y árboles generan en el interior de la psique humana. Ahora, llamemos “realidad objetiva causal” al conjunto de todas las causas del mundo real, y “realidad objetiva inmaterial” al conjunto de todas las ideas causales que habitan el interior de la mente humana. Así pues, la existencia del mundo real es enteramente la existencia de la “realidad objetiva causal”, y la representación mental que el ser humano establece, por correspondencia, de este mundo real sería enteramente la existencia de la “realidad objetiva inmaterial”. He de decir, que la realidad subjetiva también puede ser dividida en particular y común, aunque esta división no será abordada en este ensayo ya que no es necesaria para el objetivo propuesto en el inicio del texto. Si desean saber más sobre ello les remito a mi libro “análisis filosófico de la realidad y el sentido de la existencia humana”, que podrán encontrar en la editorial virtual www.e-libro.net.
Así, para terminar este apartado, digamos que tenemos una realidad que se define como “todo aquello cuanto tiene una existencia”, y que está dividida en dos variantes ontológicas según esta existencia se de en, o en correlación con, el mundo real, o se de fuera de, y sin correlación con, el mundo real. A la primera de esas variantes la he llamado “realidad objetiva”, y a la segunda “realidad subjetiva”. A su vez, la realidad objetiva está compuesta de elementos cuya existencia se corresponde con el mundo real, y de elementos cuya existencia solo se corresponde con una correlación mental de una idea con uno de estos elementos del mundo real. A los primeros elementos los he llamado “causas” y a los segundos “ideas causales”, mientras que al conjunto que forman los primeros lo he llamado “realidad objetiva causal”, y al conjunto de los segundos “realidad objetiva inmaterial”. De la realidad subjetiva he dicho que también es posible fragmentarla ontológicamente en una vertiente particular y una variante común, aunque, debido al hecho de que esta información no es relevante para el global de la teoría, no he profundizado en estos conceptos. Con esto, tenemos ya la información suficiente sobre la que posteriormente basaremos futuras conclusiones teóricas, con lo cual podemos pasar al siguiente apartado sin más demora. Aunque antes ejemplificaremos todo lo dicho con un pequeño dibujo que nos ayude a comprender y recordar con mayor facilidad lo hasta ahora expuesto:
REALIDAD OBJETIVA CAUSAL
INMATERIAL
SUBJETIVA PARTICULAR
COMÚN
B) Conocimiento en sentido fuerte y conocimiento en sentido débil
Una vez hemos analizado la estructura ontológica de la realidad, ha llegado el momento de introducirnos en el campo propio de estudio en este análisis, es decir, en el análisis del conocimiento propiamente dicho. Lo primero que he de decir es que existen dos variantes desde las que usualmente la epistemología ha tratado de abarcar el conocimiento: una concepción fuerte y una variable débil. Para no andarnos con más rodeos, diremos que tener conocimiento en sentido fuerte es contar con proposiciones que sean necesariamente verdaderas, afirmaciones de las cuales pueda decirse que no existe ningún tipo de razones que las hagan falsas y por ende de las que se puede obtener seguridad plena. Para que este tipo de conocimiento se pueda dar no pueden existir ningún tipo de razones que lo hagan falso, ni tan siquiera un resquicio a la duda de que así pueda ser. No vale con creer en la veracidad presente de esa creencia, si no que se ha de descartar totalmente que exista, pudiera haber existido, o existirá en un futuro cualquier tipo de razón que la convierta en falsa. La idea de conocimiento en sentido fuerte, implica, por tanto, que sean extremadamente pocas –si es que hubiera alguna- las afirmaciones y causas de las que realmente se puede tener conocimiento. Pocas serán las cosas que puedan superar este filtro. Así, cualquiera de nuestras afirmaciones habituales, cualquiera de nuestros supuestos conocimientos académicos, no dejan de ser meras creencias que un buen día pueden ser falseadas y, por tanto, no se puede decir de ellas que sean conocimiento. Incluso aquellas afirmaciones que se derivan de nuestras experiencias en el pasado, como veremos en apartados posteriores, pueden ser falseadas en el futuro, ya que su propio origen cognoscitivo puede ser puesto en duda, y con ello la veracidad de la propia existencial real de la experiencia de la cual provienen en apariencia. Así, que para evitar que el sujeto viva constantemente en el más terrible de los escepticismos respecto de sus propias creencias y experiencias diarias, la epistemología contemporánea ha tratado de revisar la definición de conocimiento, proponiendo una noción débil que coexista con la noción fuerte y que se adecue al hombre común y su experiencia cotidiana. Esta una nueva definición de conocimiento no es en absoluta una versión nueva, es más ha sido conocida como la definición tradicional y se expresó literalmente en el diálogo platónico llamado El Teetetes, la noción reza: «Conocimiento es igual a creencia verdadera justificada». Al estar compuesta esta definición por tres elementos es actualmente reconocida como la definición tripartita del conocimiento y vuelve a ocupar la reflexión de los filósofos, por ser la que más se adecua con el uso común. La formalmente llamada noción tripartita expresa que:
S sabe o conoce a P si
1 P es verdadera
2 S cree que P
3 S está justificado a creer que P
Donde P es la proposición de la que se supone se tiene conocimiento, la cual debe ser verdadera. S es el sujeto epistémico, el cual debe tener creencia en P y además debe tener justificaciones o lo que puede ser lo mismo, evidencia o razones para creer que P. En un ejemplo trivial pero aclarador pongamos el asunto:
(s) Antonio sabe que (p) el gato cazó ayer un ratón en el patio.
Con base en esto, miremos las tres condiciones para que pueda afirmarse que hay conocimiento:
1 P es verdadera.
En este caso la proposición: “el gato cazó ayer un ratón en el patio” es verdadera puesto que corresponde a un hecho ocurrido realmente.
2 S cree que P
Antonio cree que el gato cazó ayer un ratón en el patio. Antonio cuenta con esta creencia, pues si considera que (p) es verdadera, es totalmente normal que tenga la creencia de (p).
3 S está justificado a creer que P
Antonio está justificado a creer que el gato cazó ayer un ratón en el patio por las evidencias que conserva, no sólo mentales (el recuerdo de haberlo visto con sus propios ojos), sino también físicas (la foto que sacó mientras ocurría el hecho, o el cuerpo del ratón muerto que él mismo sacó de la boca del gato y enterró en el jardín, por poner dos ejemplos de los muchos que podrían darse).
Así que, cumplidas las condiciones necesarias y suficientes para que a partir de la definición tripartita se pueda establecer que se tiene conocimiento, se puede decir ya que “Antonio sabe o conoce que el gato mató ayer un ratón en el patio”. Sobre decir que cualquiera de las veces que exista una creencia que no cumpla con estos requisitos no podemos hablar de conocimiento, si quiera en este sentido débil. Así, se podría dar el caso de que existan creencias verdaderas que no estén justificadas, o creencias justificadas que no sean verdaderas, y, consecuentemente, en ningún caso se puede hablar de conocimiento. Como ejemplo de la primera situación pensemos el caso típico de un amigo que sugiere a otro que compre un número X de la lotería para el día siguiente, que él sabe que va a tocar ese número. Esta persona no justifica su creencia en ningún argumento más allá de la mera intuición, pero aún así el número finalmente acaba saliendo por casualidad. En este caso nos encontramos ante una creencia que ha resultado ser verdadera, pero que no se pueda decir que sea conocimiento ya que no estaba lo suficientemente justificada como para serlo. El número que esa persona creía que iba a salir en el sorteo salió por casualidad, con lo cual no se puede hablar de que esa persona “sabía realmente que ese número iba a salir”. En el segundo de los casos pongamos como ejemplo la creencia de los niños en los reyes magos. El niño está justificado a creer que los reyes magos existen ya que año tras año ellos supuestamente le dejan sus regalos en su casa, con lo cual el niño cree que sabe que los reyes magos vendrán cada noche del 6 de enero a traerle sus regalos. Pero los reyes magos no existen, es una creencia falsa, con lo cual, aunque justificada en la experiencia, no podemos decir que el niño tiene conocimiento de que los reyes magos vendrán a su casa cada 6 de enero. En cualquiera de estos dos ejemplos mencionados, lo que el sujeto maneja no deja de ser una mera creencia, nunca conocimiento.
Bien, una vez expuesto esto, tenemos ya información suficiente como para diferenciar entre la vertiente fuerte y la vertiente débil del conocimiento. Aún así, es bueno recordar aquí, que esta segunda concepción del conocimiento se ha visto superada por el denominado “problema de Gettier”, autor este que plantea dos contraejemplos válidos a partir de los cuales demuestra que es posible que existan creencias que cumplan con los requisitos de justificación y verdad, y que aun así no pueden ser consideradas conocimiento. Sin embargo no profundizaremos más en las implicaciones derivadas de estos contraejemplos, ya que para el objetivo planteado en el origen de la teoría es suficiente con lo dicho hasta el momento sobre las dos vertientes –fuerte y débil- del conocimiento. De hecho, uno de mis próximos objetivos en este ensayo será demostrar que no existe en la práctica tal separación entre conocimiento fuerte y conocimiento débil, ya que, según expondré con posterioridad, solo aquellas creencias que son capaces de superar el criterio fuerte son así mismo capaces de superar el criterio débil. La hipótesis a demostrar ahora es pues que no existe una sola creencia que pasando el filtro del criterio débil no pase también el filtro del criterio fuerte y viceversa. Todos los conocimientos pasan simultáneamente tanto el criterio fuerte como el débil, con lo cual resulta absurdo seguir estableciendo esta diferenciación epistemológica. Sirva esta afirmación, por tanto, como introducción a los apartados sucesivos donde se le tratará de dar el razonamiento adecuado para su demostración.
C) Proceso de adquisición de las creencias por parte del sujeto
A pesar de que los procesos cognoscitivos son operaciones cotidianas, no hay un acuerdo entre los filósofos acerca de lo que sucede cuando conocemos algo. Todavía hoy, después de tantos siglos de filosofía y todo lo escrito sobre este tema, las divergencias sobre el proceso de adquisición y justificación del conocimiento siguen enfrentando a las principales corrientes filosóficas de la actualidad. La ciencia avanza, la filosofía se desarrolla, el saber se extiende, pero, paradójicamente, el debate en torno al conocimiento humano -que sustenta supuestamente todas estas actividades- se mantiene en el perpetuo enfrentamiento y poco se consigue objetivar sobre ello. Racionalistas, empiristas, aprioristas, dogmáticos, escépticos, subjetivistas, relativistas, pragmáticos, criticistas, holistas, fundamentalistas, coherentistas, naturalistas, todo un amplio marco de autores y respuestas para debatir largo y tendido sobre el tema. En cualquier caso, parece que existen algunos puntos de acuerdo que centralizan el debate. Por ejemplo, nadie suele poner en duda que en todo conocimiento podemos distinguir cuatro elementos:
• El sujeto que conoce.
• El objeto conocido.
• La operación misma de conocer.
• El resultado obtenido, que es la información recabada acerca del objeto
Sobre la base de este mínimo acuerdo las preguntas se suceden unas tras otras. ¿De dónde proviene el conocimiento?, ¿es algo propio de la experiencia o de la razón?, ¿es el sujeto quién conoce, o el objeto quién se hace conocer?, ¿podemos estar seguros de la existencia de conocimientos verdaderos? Estas y muchas otras preguntas, derivadas de los puntos anteriores, son las que han traído de cabeza a los filósofos de todos los tiempos, y son las que ahora trataré de afrontar en base a algunos de los argumentos ya expuestos con anterioridad en este mismo ensayo. Llamaré “El Flujo de las ideas” a mi teoría del conocimiento, pues esta nos presenta un proceso donde las ideas pasan –fluyen- de unos “lugares” a otros de la realidad, proceso por el cual el ser humano adquiere el conocimiento, o mejor dicho, proceso por el cual el ser humano adquiere las creencias que luego pueden ser o no pueden ser conocimiento. Un proceso que además es cíclico y se renueva constantemente así mismo, y en donde unos elementos complementan y desarrollan a los otros y viceversa. El “flujo de las ideas” está compuesto por tres elementos diferenciados: a) El flujo exterior, b) el “1”, y c) El flujo interior. Aunque antes de continuar, he de decir que lo aquí expuesto es solo una parte reducida de lo expuesto en mi libro “el análisis filosófico de la realidad y el sentido de la existencia humana”, ya que allí se dan todos los datos necesarios para entender con normalidad el global de la teoría, aunque aquí solo se utilizarán de ella los aspectos que me son necesarios para explicar lo que me he propuesto en el principio de este ensayo.
A) El flujo exterior de ideas
Podríamos decir que el flujo exterior de ideas es el mundo externo del que bebe un sujeto cualquiera para dar vida a su subjetividad. Para entendernos, el flujo exterior de ideas es lo que en el primer apartado de este ensayo denominé como “realidad objetiva causal”, más la realidad subjetiva común, más aquella parte de la realidad subjetiva propia formada por ideas verdaderas presentes en la mente originaria, aunque todos estos término no podrán ser entendidos con la simple lectura de este ensayo, lo cual me es indiferente ya que no me son, como ya dije, necesarios para alcanzar el objetivo que me he propuesto. Por tanto, en lo que nos importa ahora, diremos que el flujo exterior está compuesto por el total de las causas existentes en el universo, es decir, es el mundo real tal cual lo concebimos habitualmente. Podemos decir además, aunque no sea del todo exacto conforme a la doctrina original, que es común para todos los seres humanos existentes. En los primeros años de nuestra vida, es el flujo exterior de ideas el espejo donde el ser humano comienza el desarrollo y formación de su mente, pues, ayudado por el uso de sus sentidos, incorpora de él todo tipo de informaciones (ideas) procesadas tanto del exterior de sí mismo (colores, formas, estados de la materia, etc.), como del interior (dolor, placer, frío, calor, etc.). Esta progresiva y constante incorporación de ideas a la mente del sujeto dará lugar a lo que más adelante llamaré “el flujo interior” de ideas.
B) El “1”
Es la parte que otorga al ser humano consciencia individual de su existencia. Es el cógito Cartesiano, aquello de cuya existencia no se puede dudar, pues hacerlo sería dudar del mismo sujeto que duda y, por tanto, dudar de que se esta dudando, lo cual es imposible. En el “1″ podemos hablar de tres elementos que se unen para darle sentido de existencia: 1) El sustrato; 2) El cuerpo, y 3) La duda. Aunque por su importancia de cara a este ensayo analizaré solamente el último de los elementos mencionados:
La duda es la cualidad existencial que permite al hombre la formación y el funcionamiento del pensamiento racional, algo que nos diferencia por igual del resto de los elementos existentes en el universo conocido. Su acción se refleja a través de la capacidad que tiene el ser humano para elegir entre diversas ideas contradictorias. La duda es la fuente de la que bebe la razón, permitiéndole con ello la formación de la mente conceptual, y en última instancia es el elemento característico por excelencia del ser humano. En ella nos basamos para alcanzar respuestas, realizar juicios y emitir razonamientos. Podríamos decir que la razón no es más que el reflejo de los procesos cerebrales asociados a esta capacidad de duda, que la facilitan y la ponen en práctica. Es a partir de la duda por lo que se pueden generar las ideas de la realidad subjetiva –mentiras, especulaciones, teorías, hipótesis, etc.- que el ser humano encierra en el interior de su conocimiento.
C) El flujo interior de ideas
Es aquello que comúnmente conocemos por mente conceptual. Reside en el “interior” del “1”, y está formado por la totalidad de ideas inmateriales acumuladas por una persona cualquiera con el paso de los años y la vida. Se desarrolla en primera instancia gracias a la existencia del sustrato del “1”, que permite y facilita la integración del resto de ideas inmateriales como consecuencia de su equidad de sustratos con ésta, algo que no ha sido explicado en este ensayo pero que me es necesario decirlo tal cual. Estas ideas pueden provenir bien de la transformación al acto de las ideas en potencia asociadas a todas las causas existentes en la realidad objetiva causal –ideas objetivas-, bien de la vinculación, por nosotros mismos o alguna persona de nuestro entorno, de una idea falsa a una causa supuestamente existente -ideas subjetivas-.
Pasaré ahora a describir el proceso mediante el cual el ser humano adquiere sus creencias por la vinculación dada entre estos tres elementos mencionados:
El primer paso del conocimiento viene dado por el contacto directo entre el sujeto –el “1”- y el mundo exterior que le rodea. El sujeto utiliza sus sentidos para transformar al acto las ideas en potencia asociadas a las causas existentes en la realidad objetiva causal. Una vez ocurrido este contacto sensorial, el sujeto incorpora a su mente la idea en potencia que va asociada en acto a la causa percibida por lo sentidos, formándose así una imagen mental de la misma. La acumulación progresiva de este tipo de imágenes mentales, unido a la progresiva evolución de las capacidades cerebrales y racionales del sujeto, da lugar al desarrollo de la mente humana o flujo interior de ideas. Es a partir de la existencia de este flujo interior de ideas que el ser humano está capacitado para fabricar ideas que no han sido incorporadas previamente por la acción de sus sentidos corporales. Estas ideas son las integrantes de la realidad subjetiva. De esta manera tenemos ya un mecanismo por el que se incorporan la totalidad de creencias existentes en el interior de la mente humana: A) Creencias objetivas que provienen de la realidad objetiva causal, y que se identifican con las ideas causales. B) Creencias subjetivas que se elaborar en el interior de la propia mente, y que, tal vez, algunas de ellas puedan tener su reflejo en la realidad objetiva causal, aunque la mayoría de ellas no lo tienen.
Pero existen más mecanismos de incorporación de creencias: También hemos de decir que una vez que el ser humano genera este tipo de ideas subjetivas en el interior de su pensamiento, a continuación puede optar por dos caminos; guardárselas para sí mismo o compartirlas con otros sujetos de su entorno –de aquí nace la mencionada diferenciación entre particular y común-. En caso de que opte por esta segunda vía, es decir, en caso de que opte por exponerlas al exterior de sí mismo, el sujeto estará proyectando ideas nacidas en su propio flujo interior hacia el flujo exterior, ideas a las que a partir de ese momento el resto de sujetos existentes podrán tener acceso mediante la confluencia en un espacio de comunicación común con el “creador” de la idea, que, como digo, una vez que saca la idea desde su subjetividad privada a la objetividad de los receptores la sitúa en un plano común para todos los seres humanos existentes, es decir, la sitúa en el flujo exterior, sin que por ello en ningún momento esa idea deje de formar parte de la realidad subjetiva –ya que seguiría sin tener correspondencia con el mundo real-.
Con esto último se estaría completando un ciclo auto desarrollable de conocimiento adquisición de creencias que tiene como partes activas a los tres elementos arriba explicados; el flujo exterior de ideas, el “1″ y el flujo interior de ideas. El “1″ incorpora conocimientos de un flujo exterior de ideas delimitado por el momento exacto en que se produce la captación de la idea, incorpora estos conocimientos a su mente y da vida, a través de los mecanismos cerebrales asociados a su razón y su duda innata, a su propio flujo interior de ideas que finalmente, mediante el uso de sus capacidades para la comunicación social, puede poner en conocimiento del mundo nuevas ideas que pasan a integrarse al flujo exterior común, habiendo modificado, con ello, la delimitación existente en el momento primero donde se inicia todo el proceso. Así pues, podemos decir que al igual que los flujos interiores de ideas se ven constantemente desarrollados por la acción del flujo exterior, el flujo exterior de ideas se ve constantemente desarrollado por la acción de los flujos interiores, estando siempre el “1″ como elemento que enlaza -a través del uso de los sentidos, la duda y la razón- ambos flujos y facilita el desarrollo común de sus actividades. El proceso de adquisición de las creencias es, por tanto, fruto de la acción conjunta del sujeto y el objeto, de la razón y la experiencia, del mundo y de los pensamientos. Para entender todo esto con mayor normalidad expondré ahora un ejemplo que lo clarifique:
Imaginemos a una persona X. Llamémosla Antonio. Antonio nace y conforme se va desarrollando física y psíquicamente entra en contacto a través de sus sentidos con el mundo que le rodea, es decir, con la realidad objetiva causal. De este mundo Antonio incorpora todo tipo de creencias, que son el resultado de la transformación al acto de las ideas en potencia asociadas a las Causas. Tiene así Antonio creencias sobre el mundo objetivo y cree saber lo que es un coche, una vaca, una televisión, etc. Cuando Antonio tiene capacidad para ello, utiliza la combinación de estas creencias para construir ideas subjetivas que no provienen del mundo de las Causas, por ejemplo, mentiras y teorías filosóficas. Tiene ahora Antonio dos tipos de creencias: unas basadas en el mundo de las causas, y otras nacidas en el interior de su propio pensamiento. De esta manera, Antonio decide que ha de compartir con la gente de su entorno aquellas creencias subjetivas nacidas dentro de su mente, para que de esta manera no sea él el único que participe de ellas. Por ejemplo, Antonio cuenta una mentira a su madre ante un suspenso en un examen de la escuela, o Antonio cuenta a un amigo una de sus teorías filosóficas acerca del conocimiento. Estas ideas que nacieron en la mente de Antonio ahora se han expandido más allá de ella y residen también en la mente de su madre y de su amigo, que a su vez pueden continuar con la cadena hasta el infinito. Supongamos ahora que son los amigos y la madre de Antonio quienes le mienten a él o quienes le exponen una teoría filosófica a él. De esta manera Antonio sería el receptor de las ideas subjetivas nacidas en la mente de alguien externo a él. Así, en la mente de Antonio habría ahora tres tipo de creencias: Creencias objetivas amparadas en el mundo de las Causas, creencias subjetivas inventadas por él y creencias subjetivas inventadas por alguien de su entorno y transmitidas por este hasta él. También se podría dar el caso de que existieran ideas objetivas que Antonio no ha incorporado directamente a través de sí mismo, si no que han sido recibidas por comunicación de un amigo. Por ejemplo cuando alguien viaja a algún lugar y luego le cuenta qué tal es ese sitio. Todas estas son los tipos de creencias que Antonio puede encerrar en el interior de su mente, cada una de ellas incorporadas según su naturaleza por una vía diferente, pero todas ellas integradas en el denominado “flujo de las ideas”. En definitiva Antonio posee dos tipos de creencias diferentes según su método de incorporación y dos tipos de creencias según vinculación con la realidad objetiva causal: Creencias propias y creencias adquiridas, y creencias objetivas y creencias subjetivas. Las dos primeras responderían al método utilizado por Antonio para su incorporación a su mente, siendo propias aquellas incorporadas a través de sí mismo –por el uso de sus sentidos o su razonamiento-, y siendo adquiridas aquellas incorporadas a través de una segunda persona. Las dos segundas responden a la ya mencionada diferenciación entre realidad objetiva y realidad subjetiva, siendo la primera el equivalente al mundo real, y la segunda la equivalente al mundo No real. De esta manera ya he expuesto todo el proceso de adquisición de creencias y el resultado de este en la mente humana. Ahora, en el próximo apartado pasaremos ya analizar cual de estas creencias pueden ser consideradas conocimiento y cuales no.
D) El Criterio de Verdad
Lo primero que he de decir aquí es que dejaremos a un lado el modo de adquisición de las creencias para centrarnos en exclusiva en el resultado que este proceso tiene en el interior de la mente humana, dando lugar con ello a la separación entre creencias objetivas y creencias subjetivas. Pasaré ahora a analizar cuales de estás creencias pueden ser consideradas conocimiento y cuales no. Para ello hemos de volver ahora al apartado B y recordar las condiciones epistemológicas que usualmente se le suele exigir al conocimiento. Allí hablamos de un sentido fuerte, casi insuperable, donde una creencia para ser conocimiento no solo debe ser verdadera si no que además ha de ser absolutamente indubitable. Para no reducir el conocimiento a estos términos tan estrictos, dijimos también que existe una variante débil que más o menos podemos resumir en la siguiente frase: “Conocimiento es igual a creencia verdadera justificada”. Pues bien, en este apartado usaremos esta última definición del conocimiento para analizar cual de nuestras creencias pueden ser consideradas como tal y cuales no. Así buscaremos cuales de nuestras creencias son “verdaderas y justificadas”, y dejaremos a un lado todas aquellas que no lo sean.
Respecto del tema de la verdad, y en vista a lo expuesto en los apartados anteriores, podemos hablar ya de la existencia de un “criterio de verdad” en donde hemos de analizar a nuestras respectivas creencias para comprobar si pasan ciertamente el filtro de la verdad o se quedan en el plano de la mentira. El criterio de verdad, pues, lo que separa lo verdadero de lo falso, no sería otro que la existencia o inexistencia de una causa que dote de sustento real a una idea determinada. Solo aquellas ideas que, al día de hoy, se ven correspondidas en la realidad objetiva causal por la existencia de una manifestación real, se pueden catalogar como verdaderas, y solo mediante la manifestación objetiva de estas se puede hablar de verdad. La verdad, aun cuando representa una manifestación propia del ser humano pues solo él es capaz de comprenderla y manipularla, es un concepto objetivo asociado a la realidad objetiva causal. Verdad es todo aquello que tiene o ha tenido una manifestación real en el universo, o , dicho de otro modo, todo aquello que se puede vincular a la existencia real de una causa que le es propia y que la convierte en inamovible, pues la define como la única realidad valida para el tema u objeto al que haga referencia. Consecuentemente, la verdad no depende de la interpretación del sujeto receptor de ideas ni esta relacionada con el mundo interno el ser humano, es un ente objetivo, una representación conceptual en el vocabulario humano de la existencia de una realidad causal que acompaña en correspondencia a una idea determinada. No importa si esta ha sido o no transformada en acto por el ser humano, la simple existencia de la causa que le es propia la convierte en idea verdadera, aun cuando como tal permanezca aún desconocida para el entendimiento humano. Podemos afirmar, por tanto, que el sujeto no interviene en la existencia de la verdad, solo esta capacitado para, desde sus capacidades racionales e intelectuales, reafirmar o negar una determinada idea como verdadera, dependiendo de si ha sido capaz de verificar o no la existencia de la causa que le corresponde y le es propia. Y es precisamente en este punto donde entra en juego el criterio de la justificación. El ser humano estará capacitado para creer justificada la existencia verdadera de una creencia sí y solo sí ha sido capaz de verificar su existencia objetiva en el mundo de la realidad causal. Solo aquellas creencias verdaderas que puedan ser demostradas con una correlación objetiva y exacta en el mundo de las causas pueden ser consideradas justificadas, y solo este tipo de creencias pueden ser consideradas conocimiento. No habrá un solo conocimiento que no se adecue a este criterio. Sin embargo, como demostrase Gettier, sí es factible que existan creencias que adecuándose en apariencia a este criterio no pueden ser consideradas conocimiento. Y no lo serían en sentido estricto, al no adecuarse de manera exacta a la definición dada, ya que su vinculación aparente se debe a la inferencia lógica, pero no a su realidad psicológica. Digamos, para salir de este apuro sin entrar en mayores disquisiciones que no son objeto de esta teoría, que una creencia verdadera será siempre conocimiento si y solo si es una creencia justificada en la realidad objetiva que no nace como fruto de la casualidad lógica. Así tenemos ya argumentos suficientes para analizar el conjunto de nuestras creencias conforme a este criterio: Solo las ideas causales pueden ser creencias consideradas como conocimiento. O dicho de otro modo, ni una sola de las creencias amparadas en ideas subjetivas puede ser considerada conocimiento. Así conocimiento es igual a saber sobre el mundo de las causas, es decir, conocimiento es igual a conocimiento de la realidad objetiva causal. Todas las ideas verdaderas se corresponden con un elemento en la realidad objetiva causal, y solo mediante la demostración objetiva de la existencia de este elemento el ser humano puede hablar de conocimiento. Así el ser humano solo puede tener conocimiento de las causas, que en sentido estricto sería conocimiento sobre el siguiente conjunto de cosas:
1) las causas exteriores
Son todas aquellas causas ubicadas en el exterior del sujeto. Es decir, son todas aquellas causas cuya idea en potencia asociada solo puede ser transformada en acto por el entendimiento humano a través del la interacción con el entorno.
Pero existe otra característica que diferencia este tipo de causas unas de las otras, que no es otra que la forma que tiene el entendimiento humano de transformar en acto la idea en potencia a ellas asociadas. Hay causas que para este fin solo requieren del uso de los sentidos, mientras que otras requieren además del uso del razonamiento. Esto nos permite separar las causas exteriores en dos subtipos: las puras y las mixtas.
Las causas exteriores puras: son todas aquellas causas cuya idea en potencia asociada puede ser transformada en acto por el entendimiento humano con el simple uso de la percepción sensorial, es decir, sin más necesidad que la aplicación de sus sentidos (otro sujeto humano, un árbol, un planeta, un coche, una casa, una estrella y todo cuanto exista y se nos ocurra pensar que tenga una existencia material en el universo).
Las causas exteriores mixtas: son todas aquellas causas cuya idea en potencia asociada solo puede ser transformada en acto haciendo uso del razonamiento, es decir, que no basta con la simple interacción sensorial con el entorno, si no que requiere de un proceso de búsqueda, comprensión y entendimiento intelectual que en última instancia ponga en conocimiento del sujeto la existencia de dicha causa (la ley de la gravedad, la ley de la inercia, la teoría de la relatividad, y todo aquello cuanto afecta al normal funcionamiento del universo que no tiene una base material, pero que se localiza en el exterior del sujeto).
2) las causas interiores
Son todas aquellas causas ubicadas en el interior del sujeto. Es decir, son todas aquellas causas cuya idea en potencia asociada solo puede ser transformada en acto por el entendimiento humano a través de la interacción con uno mismo. Al igual que las causas exteriores, también se pueden separar en dos subtipos diferenciados según la idea en potencia a ellas asociadas pueda ser transformada en acto por el entendimiento humano con el simple uso de sus capacidades sensoriales o requieran de estas más el uso del razonamiento para tal transformación.: las puras y las mixtas.
Las causas interiores puras: son todas aquellas causas cuya idea en potencia asociada solo puede ser transformada en acto haciendo uso del razonamiento, es decir, que no basta con la simple interacción sensorial con uno mismo, si no que requiere de un proceso de búsqueda, comprensión y entendimiento intelectual que en última instancia ponga en conocimiento del sujeto la existencia de dicha causa. Son de naturaleza inmaterial, pues responden a elementos y actividades características de la mente humana (el pensar, el dudar, y demás elementos y actos de la mente humana que a pesar de ser actividades cotidianas solo podemos comprender a través del razonamiento hacia uno mismo).
Las causas interiores mixtas: son todas aquellas causas interiores cuya idea en potencia asociada puede ser transformada en acto por el entendimiento humano con el simple uso de la percepción sensorial, es decir, sin más necesidad que la aplicación de sus sentidos. Corresponden a elementos y actividades que afectan al cuerpo humano (dolor, placer, frío, calor, hambre, miedo, y todo aquello cuanto acontece en nuestro mundo interno que nos viene dado por la acción de nuestro organismo biológico).
El conocimiento será, por tanto, equivalente a la demostración objetiva de la existencia verdadera de las causas. Es por ello que la reflexión moral o metafísica, así como la filosofía en la amplia mayoría de sus variantes, no puede ser considerada conocimiento en sentido estricto, ya que normalmente suele nutrirse de ideas subjetivas para su normal discurrir académico, pero es que además, caso de tratar sobre temas que puedan tener una vinculación objetiva con el mundo de las causas raramente pueden ser demostradas objetivamente. Así ni la metafísica ni la moral pueden ser demostradas objetivamente, con lo cual no pueden ser consideradas conocimiento. Es más, en el caso de la moral ni tan siquiera podemos hablar de la existencia de una verdad moral, con lo cual la reflexión ética es y será siempre una reflexión puramente subjetiva. La metafísica, en cambio, sí aborda ciertos temas que tal vez pudieran tener su reflejo en la realidad objetiva causal (Dios puede existir o no, por ejemplo), con lo cual cabe la posibilidad de que el ser humano al hacer metafísica esté reflexionando sobre entidades con una existencia objetiva, aunque la imposibilidad que el ser humano tiene para demostrar tal existencia hace que no pueda ser nunca justificada la creencia en ella, y, por tanto, que no puedan ser nunca consideradas estas creencias como conocimientos.
E) Dudas sobre el conocimiento
Una vez hemos sometido nuestras creencias a un proceso de adecuación al conocimiento, según los criterios establecidos por la definición tripartita del conocimiento en su relación con los argumentos expuestos en este mismo ensayo, llega el momento de analizar hasta que punto nos pueden surgir dudas sobre la refutabilidad de los mismos. Para ello, aunque pueda parecer sorprendente, se me ocurre ejemplificarlo a través de una película de gran éxito en el todo el mundo, y que, desde la pura ficción, trata todos estos temas hasta convertirlos en interrogantes constantes: Matrix. A partir de esta película que lo cuestiona todo, se crea la incógnita acerca de qué es real, qué es mentira, qué es sueño, qué es la vida, qué es la muerte y a la vez se cuestiona acerca del origen de estos conceptos, cual es su significado. Esta película nos plantea la existencia de un mundo donde los seres humanos vivimos controlados, a través de nuestra conciencia, por una maquina que construye nuestra realidad. Es decir, que nosotros vemos y creemos exactamente aquello que la máquina así quiere que sea. Por expresarlo en términos del vocabulario interno de este ensayo, en el mundo de Matrix cada sujeto construye su propia realidad en base a la existencia de una realidad objetiva causal falsa, que en términos apropiados no sería más que una realidad subjetiva creada por la máquina y amparada en nuestro pensamiento. Esto, irremediablemente, nos lleva a pensar en la posibilidad de que algo así este ocurriendo en la actualidad, es decir, a pensar en si es factible que lo que vemos, olemos, tocamos, etc. no sea más que una construcción mental sobre una realidad falsa inducida por una máquina a la que estamos sujetos. ¿Quién puede asegurar que esto no este ocurriendo? Evidentemente nadie. Pero ¿Cambiaría esto en algo la existencia de una realidad causal objetiva que dota y da forma a lo real? De momento no entraremos en este tema. Ahora lo que nos interesa es el modo que tienen los integrantes de Matrix a la hora de elaborar sus creencias. La principal conclusión sería que al estar sometidos mentalmente a una realidad objetiva causal falsa estos sujetos de Matrix poseen una mente construida única y exclusivamente de ideas pertenecientes a la realidad subjetiva, carente de toda idea objetiva. Con lo cual estos sujetos de Matrix NO poseen, según lo expuesto en el apartado anterior, ni un solo conocimiento. La incapacidad que tienen sus sentidos para percibir de manera alguna la realidad objetiva causal, los convierte en seres desconocedores de cualquier tipo de verdad, y, por tanto, en seres cuya mente esta compuesta únicamente por ideas subjetivas. ¿Qué trato de demostrar con esto?, pues trato de demostrar que solo el contacto directo con la realidad objetiva causal nos puede proporcionar conocimiento. Así, si es posible poner en duda la veracidad de la realidad objetiva causal de la cual creemos obtener nuestros conocimientos verdaderos y en la cual creemos poder reafirmarlos por correspondencia como tales, es posible poner en duda a todos y cada uno de nuestros conocimientos. Por ello, ejemplos como este de la película Matrix, y su vinculación con nuestra propia realidad, demuestran que no nos es posible creer con total seguridad en la veracidad de nuestros conocimientos, con lo cual todos ellos pueden ser puestos en duda y no hay uno solo del que, de momento, podamos confiar de manera absoluta. Lo único que no puede ser puesto en duda es la existencia de la propia consciencia, eso ya lo demostró Descartes en su momento. Aun cuando todos los conocimientos de los sujetos de Matrix sean falsos, la existencia de su consciencia es una verdad indudable. Expondré ahora un nuevo ejemplo, extraído de mi libro “Análisis filosófico de la realidad y el sentido de la existencia humana”, que nos ayude a entender con mayor facilidad esta incapacidad del ser humano para reafirmar como cien por cien verdadera la existencia de la realidad objetiva causal en la cual cree desenvolverse: Supongamos ahora que en el futuro se desarrolla tan extremadamente la realidad virtual que llega el momento en que estos personajes inmersos en el interior de los videos juegos sean absolutamente iguales que el ser humano. O sea que, cuando usemos una consola, en lugar de parecer que estamos jugando a un video juego, lo que veamos a través de la pantalla parezca, tal cual, una emisión de televisión, al ser los personajes absolutamente reales y, aparentemente, de carne y hueso. A la vista del desarrollo que han tenido los videojuegos en los últimos diez años, no creo que haya nadie que vea como una utopía que en un futuro existan videos juegos donde los personajes parezcan al cien por cien de carne y hueso. Supongamos además que paralelamente a este desarrollo se produce también una evolución del papel del jugador en el propio devenir del juego. Un desarrollo en el sentido de pasar a jugar de la tercera a la primera persona, es decir, pasar de jugar como elemento que dirige a través de un mando al personaje del juego, a jugar absolutamente en la realidad virtual, concibiéndose uno mismo como el personaje del juego y viéndose inmerso en un mundo de relaciones virtuales donde tiene autonomía de movimiento y acción. Esto creo que tampoco habrá nadie que lo pueda considerar ninguna utopía. Ahora supongamos nuevamente que los personajes virtuales -creados para el correcto desarrollo del juego- están basados en informaciones que el creador del juego les ha proporcionado y que se sustentan en la vida de seres humanos que vivieron en el pasado. Es decir, que a través de información derivada de la biografía de una persona cualquiera se cree un personaje virtual cuya función es desempeñar un papel determinado dentro del juego, sirviendo como complemento a la acción del jugador principal y desarrollando su vida virtual conforme a la información biográfica a él adherida. Si analizamos el papel de los jugadores complementarios en los videos juegos actuales ya nos podremos dar cuenta de que cada vez están cargados de mayor información y son más cercanos a la realidad cotidiana. Con lo cual esto tampoco puede entenderse como una utopía. Por último, supongamos que el desarrollo del juego en red permite que haya no uno, si no varios jugadores principales participando activamente, junto al resto de personajes secundarios, en este mundo virtual. Una vez más si analizamos el desarrollo que han tenido los juegos en red en los últimos años, donde existen ya varios mundos virtuales que dan cabida a multitud de jugadores que se interrelacionan -cada uno desde su propia independencia y desde una parte diferente del mundo- para el desarrollo de la acción del juego, esta idea tampoco parece demasiado utópica. Pues bien, imaginemos ahora que, una vez ocurrido todo esto, el uso continuado de este videojuego por los seres humanos provoca que la barrera entre lo real y lo virtual tienda a ir poco a poco desapareciendo, hasta llegar un momento en que se fundan en una sola y no se pueda establecer diferencias entre ellas. Es decir, que de tanto introducirse los seres humanos en primera persona en mundos virtuales absolutamente similares al mundo real, se de el caso de que ambos mundos se fundan y haya una conexión permanente entre ellos, y en el mundo virtual desarrollemos parte de nuestra vida haciendo muchas de las cosas que hoy hacemos en el mundo real, como ir a clase, ir al parque, ir de fiesta, jugar al fútbol, etcétera, etc. Así, de todas estas especulaciones tendríamos como resultado lo siguiente: Que en el año 2200 (por poner una fecha) existe un juego virtual donde hay unos personajes virtuales, en apariencia totalmente de carne y hueso, que se desarrollan en el juego según la información biográfica de personas anteriormente existentes, y que mantienen relaciones de tú a tú con los jugadores principales que están presentes en primera persona dentro del escenario del juego, y que hacen en él una vida social aparentemente normal. Pues bien, ¿quién nos puede asegurar a nosotros que no seamos ya unos de esos personajes virtuales del año 2200, y que nuestra vida no sea más que la reproducción programada de la biografía de esas personas ya fallecidas, y el sentido de nuestra existencia no es otro que el formar parte de un mundo que no es más que un video juego donde los individuos del año 2200 forman parte activa a través de sus respectivos personajes?, ¿qué manera tenemos para demostrar con toda certeza que lo aquí expuesto no está pasando en la actualidad? Ninguna, a lo más, la creencia y la multitud de indicios que nos hacen pensar racionalmente lo contrario, pero certeza absoluta, ninguna. Con este alarde de imaginación, al igual que con el caso de Matrix , nuevamente he querido demostrar que no podemos estar seguros al cien por cien de poseer conocimiento pues, partiendo de la base de que estamos incapacitados para saber a ciencia cierta si lo que nosotros entendemos como realidad objetiva causal es real o no lo es , es decir, para afirmar que el mundo que nos rodea existe verdaderamente y no es la recreación generada por una maquina o un videojuego, todo lo demás, que del conocimiento de esta realidad se desprende, puede ser también puesto en duda. Por tanto, aun cuando la verdad es inamovible, y el ser humano está capacitado para acceder al menos a una parte de ella, no está capacitado para reafirmarla como tal, con lo cual no se puede hablar de más conocimiento que el de nuestra propia existencia como seres pensantes. Nos guste o no, para la elaboración de nuestras creencias somos esclavos de nuestras percepciones y pensamientos, y estos nos impiden poder diferenciar con exactitud qué es real y qué no, qué es verdadero y qué es falso. Toda aplicación del criterio de verdad, aún cuando tenga un juicio positivo que demuestre aparentemente la vinculación de una creencia con la existencia de una causa que le es propia en la realidad objetiva causal, queda en última instancia invalidada por la imposibilidad dada para saber con plena certeza si esa realidad objetiva causal que se concibe e identifica como verdadera lo es en realidad o no. Por muy divagante que pueda parecer, el caso es que podríamos estar viviendo sujetos a una gran Matrix, o dentro de un video juego del siglo XXIII y no saberlo. Por ende, toda aplicación del criterio de verdad que tenga un resultado positivo nos da este resultado simplemente en el marco de la realidad objetiva causal que creemos conocer pero que puede que sea irreal, no siendo pues más que una verdad condicionada. Efectivamente, dentro de lo que nosotros entendemos por realidad objetiva causal, esta creencia se ve reafirmada como tal y puede ser considerada como conocimiento, pero en la práctica toda verdad que el ser humano crea conocer está condicionada por la imposibilidad que el propio sujeto tiene para reafirmar a dicha realidad objetiva causal como absolutamente verdadera. Así, volviendo a la definición tripartita del conocimiento, S no podrá saber jamás que P, ya que S no podrá jamás estar justificado para creer que P es verdadera. Con lo cual, S no puede conocer P. Así, volviendo al ejemplo dado en el apartado B, Antonio no podrá saber jamás que “un gato mató ayer un ratón en el patio” ya que, debido a la imposibilidad que Antonio tiene para saber si la realidad objetiva causal donde él creyó ver como se desarrollaba el suceso es verdadera o falsa, Antonio nunca podrá afirmar con toda certeza que la proposición “un gato mató ayer un ratón en el patio” sea plenamente verdadera.
De esta manera podemos hablar ya de una fusión entre la concepción fuerte y la concepción débil del conocimiento. O mejor aún, podemos hablar de una superación epistemológica de la división entre ambos conceptos, ya que el propio desarrollo de los argumentos dados por la definición tripartita del conocimiento en la que usualmente se ha basado el sentido débil del mismo, nos ha conducido hasta un marco teórico donde son escasas las creencias que podrán ser consideradas conocimiento, creencias todas ellas que, como veremos en el apartado siguiente, parten de la concepción tripartita del conocimiento y acaban en la reafirmación indubitable de ellas mismas mediante el criterio fuerte del conocimiento. Al estar el ser humano incapacitado para reafirmar con absoluta certeza la existencia real de la realidad objetiva causal de la cual cree formar parte, solo podrán ser consideradas conocimiento aquellas creencias que sean absolutamente irrebatibles en el marco de la consciencia del sujeto, por ejemplo, la existencia misma del sujeto pensante. Así la diferenciación del conocimiento entre una variante fuerte y una variante débil carece totalmente de sentido. En todo caso, lo correcto sería hablar de un conocimiento en sentido estricto, que sería aquel que se adecue a la regla siguiente: “conocimiento igual a creencia verdadera justificada” y de un conocimiento en sentido condicionado, que no sería conocimiento en sí mismo, pero que es conveniente entenderlo como tal para el normal desarrollo de la humanidad y sus creencias. En este conocimiento condicionado se aplicarían las reglas propuestas por la definición tripartita del conocimiento para el sentido débil del mismo, y se tomaría siempre como válido el mundo de las causas donde creemos desenvolvernos. Pero esta validez, como ya he dicho, es tan solo una validez condicionada por la realidad de no poder reafirmarla plenamente como tal, de ahí el nombre de “conocimiento en sentido condicionado”. Así, todo lo que en el apartado anterior hemos definido como conocimiento, ahora, a la luz de lo expuesto en este apartado, hemos de decir que es simplemente conocimiento condicionado.
F) Las tres verdades indubitables del conocimiento humano
Llegado a este punto, una vez hemos dejado claro cuales deben ser los criterios a utilizar para la concepción racional del conocimiento, habiendo dejado a un lado la vinculación de este con el conocimiento condicionado, es el momento de comenzar la investigación en torno a las posibles creencias que puedan por sí mismas pasar el férreo filtro que le hemos colocado al conocimiento. He dicho, que conocimiento es igual a creencia verdadera justificada, pero como ya hemos descartado la posibilidad de justificar las creencias en base a un mundo exterior que las corresponda con la realidad de la existencia, nos encontramos ante la necesidad de encontrar algún tipo de creencia que se auto justifique mediante sus propias características existenciales, para partiendo de ella poder encontrar el resto de aquellas creencias que puedan ser consideradas conocimiento. Evidentemente, como no podía ser de otra manera, la primera de estas creencias que se auto justifica y que puede ser considerada como conocimiento en todo su amplio sentido, es la existencia del ser pensante, el “cogito ergo sum” de Descartes. El propio Descartes consideró esta afirmación “tan firme y segura que no la pueden conmover las más extravagantes suposiciones de los escépticos”. No creo necesario aquí volver a exponer los argumentos que llevaron a Descartes a pronunciar esta primera verdad indubitable, pero valga una pequeña consideración para entenderlo: Si hablamos de que algo puede ser engañado, es absolutamente necesario que ese algo exista para que pueda ser engañado. Así no tendría sentido hablar de un sujeto pensante que puede ser engañado por sus sentidos o por sus propias ideas, si no aceptamos previamente la existencia de ese sujeto pensante. De esta manera tenemos ya, según Descartes, la primera verdad: La existencia del ser pensante. El cogito es la primera verdad en el orden del conocimiento; y ello en dos sentidos: por una parte porque es la primera verdad a la que llegamos cuando, al estilo Cartesiano, hacemos uso de la duda metódica, y en segundo lugar porque a partir de ella podemos fundamentar todas las demás verdades existentes. La siguiente verdad indubitable que se desprende de esta primera verdad, y que ya fue apreciada por los idealistas del siglo XVII, es la existencia de las ideas. Si afirmamos que existe el cogito, y simultáneamente afirmamos que el cogito puede ser engañado, hemos de admitir también que ha de existir un mecanismo por el cual ha de poder ser engañado. Este mecanismo no es otra cosa que la existencia de las ideas. Si existiera el cogito pero no existieran las ideas, no habría manera de que el cogito pudiera se engañado, ya que estaría totalmente vacío de toda creencia. Así las ideas son el elemento existencial que nutre de creencias al cogito, y a partir del cual podemos hablar de contenido mental y posibilidad de conocimiento. La propia concepción del cogito es una idea que el sujeto pensante tiene de su propia existencia. De esta manera la existencia de las ideas es algo totalmente indubitable, y sobre esta base construimos la segunda verdad del conocimiento. Es más, teniendo en cuenta que todo contenido de la mente humana es una idea, de no existir las ideas hubiera sido imposible que el ser pensante se concibiera a sí mismo como tal, con lo cual hubiera sido imposible alcanzar la primera de las verdades expuesta por Descartes.
De esta manera tenemos ya dos verdades indubitables: Que existe el ser pensante y que existen las ideas con las que el ser pensante hace, precisamente, aquello que le es propio, es decir, pensar. De momento no he dicho nada que no haya sido dicho antes ya por los filósofos idealistas de los siglos XVII y XVIII. Lo sorprendente sea, tal vez, la tercera de estas verdades que, según mi criterio, se desprende del análisis de estas dos primeras y más concretamente de la existencia indubitable de las ideas. Esta tercera verdad no es otra cosa que la existencia del mundo real. Es el propio análisis existencial de las ideas lo que me ha conducido, como ahora veremos, al descubrimiento de esta otra verdad indubitable. Para ello hemos de analizar lo que he venido a denominar como “argumento del espejo”. Estos argumentos demostrativos parten del análisis de las características existenciales que presentan las ideas, que, como todo el mundo puede afirmar, son entes inmateriales. Como tales entes no presentan forma en sí mismas, si no que adoptan la forma de la causa de la cual provienen antes de ser captadas y transformadas en acto por el entendimiento humano, es decir, de la causa a la cual se encuentran asociadas como ideas en potencia. Pues bien, el hecho de que las ideas en acto presenten en el interior del conocimiento humano una forma característica que las hace singulares e irrepetibles (la idea de árbol alude a un árbol, la idea de coche alude a un coche, etcétera), implica obligatoriamente la existencia de un elemento exterior, de una causa que las dote de tal forma. Esto es así, pues al ser las ideas entes inmateriales, entes no físicos, si tan solo existieran ellas y no las causas, les sería imposible adquirir una forma determinada, ya que no pasarían de ser entes inmateriales sin forma reconocible alguna. Si por el contrario, se presupone la existencia de las causas, ya podemos entender el por qué las ideas, a pesar de ser entes inmateriales, presentan en el interior del conocimiento humano un aspecto determinado, pues este aspecto no sería más que la representación mental de la causa de la cual son reflejo en primera instancia, es decir, del elemento real de las cuales son captadas por el entendimiento humano y transformadas de la potencia al acto. En conclusión, si a pesar de ser entes inmateriales existen ideas con un aspecto concreto, es porque indiscutiblemente han de existir elementos reales que las doten de tal aspecto, pues de lo contrario no podría ser racionalmente comprensible la existencia de un ente inmaterial que represente en el interior del conocimiento humano elemento alguno, no siendo más que inmaterialidad. Digamos, metafóricamente, que las ideas son como un espejo donde se reflejan las causas para poder ser vistas por los ojos del alma. Si no hubiera causas, si no existiera el mundo real, el espejo no podría reflejar nada al alma, pues más allá del alma nada habría y nada existiría. Imagínense ustedes un espejo en una habitación. Imagínense ahora que se da por válida la existencia del espejo pero se niega la existencia de todo lo demás. Es decir, se da por valida la existencia del espejo y todo lo que en él se refleja, pero se niega la existencia de los elementos externos reflejados en el espejo. Esto sería equivalente a suponer la existencia de un espejo en medio de la nada que es capaz de reflejar por sí mismo elementos que no existen. ¿Es esto coherente?, es más ¿es esto posible? Evidentemente no, no lo es, salvo que dejemos a un lado la razón para entrar de pleno en el plano de la imaginación o la ciencia ficción. Para que un espejo pueda reflejar un cuadro, por ejemplo, hemos de poner dicho cuadro delante de él. Luego puede que el espejo manipule, distorsione o de una imagen errónea del cuadro (como esos espejos de los parques de atracciones que deforman la imagen que reflejan), pero si no hay cuadro, el espejo no puede representar nada. Es decir, el espejo necesita de los elementos que hay fuera de él para poder reflejar algo en su “interior”. Pues bien, en el caso de las ideas y su relación con el sujeto pensante es exactamente igual. Las ideas, al ser entes inmateriales, carentes por tanto de forma alguna de manera natural, podemos decir que son como un espejo que reflejan a los ojos del alma las causas que hay en el mundo real. Si no hubiera causas, si no existiera un mundo real, no habría reflejo de absolutamente nada, solo habría ideas inmateriales sin forma ninguna que no reflejarían nada a los ojos del alma. El alma, como pretenden los empiristas, no puede ser a la vez espejo y elemento reflejado, eso es racionalmente imposible por más vueltas que queramos darle, como un espejo que refleja un cuadro no puede ser a la vez espejo y cuadro. Tiene que haber un espejo y tiene que haber un cuadro para que la imagen del cuadro quede reflejada en el espejo. Si no hay espejo no se puede reflejar el cuadro, y si no hay cuadro, el espejo no puede reflejar un cuadro por sí mismo. Pues con las ideas y las causas pasa exactamente lo mismo. Es decir, si no existieran las ideas como algo que posee ser en sí mismo, el alma no podría ver reflejadas las causas en su “interior”, y, del mismo modo, si no hay causas, si no existieran realmente los elementos objetivos del mundo exterior, las ideas, que son inmateriales -esto es algo a todas luces indiscutible- no podrían reflejar las causas por sí mismas. Así pues, esta sencilla metáfora demuestra muy a las claras que si existen ideas inmateriales con un aspecto determinado, es porque irremediablemente han de existir causas, elementos exteriores objetivos, que las doten de tales formas cuando el entendimiento humano las transforma de la potencia al acto. Pensar lo contrario es como pensar que puede existir un espejo que refleje el mundo sin que el mundo exista, algo del todo irracional, increíble y, sencillamente, inaceptable. Una idea, por más vueltas que se le de, no puede ser por sí misma simultáneamente inmaterialidad y aspecto. Si por algo se caracteriza precisamente lo inmaterial en sí mismo es por no tener aspecto, y si las ideas inmateriales tienen dentro de la psique humana un aspecto singular, una imagen mental, no puede quedar otro camino que la existencia de una algo exterior que la dote de tal aspecto. Nada inmaterial en sí mismo puede tener un aspecto singular por sí mismo, ya que, de lo contrario, dejaría de ser inmaterial. Así pues, podemos hablar de que la existencia del mundo real, la existencia de la realidad objetiva causal, en vista a la propia naturaleza inmaterial de las ideas, es algo absolutamente innegable, y su existencia no puede ser puesta en duda bajo ningún concepto, salvo que aceptemos que las ideas pueden reflejar por sí solas en el ser pensante un mundo real que no existe, lo cual, como ya he dicho, es absolutamente inconcebible. De esta manera podemos decir que son tres los conocimientos indubitables que el ser humano puede tener acerca de sí mismo y del mundo que le rodea: la existencia de él mismo como ser pensante, la existencia de las ideas como entes que dotan de contenido al ser pensante, y la existencia del mundo real como ente que dota de aspecto singular a la inmaterialidad natural de las ideas.
Otra cosa bien distinta es que el mundo real que el ser humano entiende y concibe como verdadero, como ya expliqué en el apartado anterior, sea o no sea real. Que sea innegable que exista un mundo real no implica que el mundo real que concibe el sujeto pensante como tal tenga que ser el verdadero. De hecho en Matriz, por volver al ejemplo de esta película ya planteado con anterioridad, existe un mundo real que está habitado por máquinas, y que, consecuentemente, es independiente de los sujetos que ellas dominan y hacen vivir en una falsa apariencia. Así, podemos decir que el ser humano puede tener absoluta certeza de tener conocimiento sobre tres cosas: 1) Sobre la existencia de sí mismo como ser pensante. 2) Sobre la existencia de sus ideas. 3) Sobre la existencia de un mundo real, aunque dicho mundo real quede fuera de las creencias supuestamente objetivas que él recibe de la supuesta realidad objetiva causal en que la cree desarrollarse como ser pensante.
G) La existencia de la Verdad como argumento auto refutatorio de la teoría
Así llegados a este punto final del ensayo, podemos decir ya que solo existen tres creencias que pueden ser consideradas absolutamente como conocimiento en sentido estricto. Todo lo demás que habita en nuestra mente son meras creencias que pueden o no tener una correlación con el mundo real verdaderamente existente, pero que no podremos confirmarlo ni desmentirlo jamás. Lo que sí sabemos es que entre estos tres elementos de los que no podemos dudar (ser pensante, ideas, mundo real), se establece un vínculo que da lugar a la diferenciación establecida entre verdad y mentira. Verdad serían, consecuentemente, aquellas ideas existentes en el interior del ser pensante que tengan su correspondencia con el mundo real, siendo la Verdad, en sentido pleno, la relación objetiva que se establece, a través del ser pensante, entre las ideas y el mundo real. Osease, si hemos dicho que ser pensante, ideas y mundo real son conocimientos, podemos decir también que la existencia de la verdad es un conocimiento absolutamente irrefutable, siendo, por derivación semántica, la existencia de la mentira otro conocimiento de este tipo. Así, el ser humano puede decir, que en el mismo momento que se concibe a sí mismo como ser pensante descubre la existencia de las ideas, que, a su vez, le conducen a este por un análisis de sí mismas al descubrimiento de la existencia del mundo real, y todo esto en conjunto le lleva a conocer de manera absoluta la existencia de la Verdad y de la Mentira. Si tenemos en cuenta que la verdad era un requisito indispensable para establecer la demarcación entre aquellas creencias que pueden ser consideradas conocimiento en sentido estricto y aquellas que no, podemos decir que el proceso aquí descrito de construcción del conocimiento, al cual he tenido para bien llamar “teoría triforme del conocimiento”, es un proceso que en última instancia se auto reafirma a sí mismo. Es decir, si todo el proceso depende de la existencia de la Verdad, y es el propio proceso el que nos conduce a la existencia indubitable de la Verdad, podemos decir que es una proceso que se auto dota de razón, o, lo que viene a ser lo mismo, un proceso que se auto reconoce como acertado en el propio devenir lógico de sus argumentos.
H) la conveniencia de aceptar como real la realidad objetiva causal en que creemos desenvolvernos
De todo lo dicho en el apartado anterior se desprende que realmente existe una verdad asociada al mundo real que el ser humano puede afirmar como absolutamente cierta en su existencia, aunque debido a la imposibilidad que tiene el sujeto para reafirmar como verdadera la existencia del mundo real que él cree como tal, dicha verdad no podrá ser descifrada por el sujeto más allá de las creencias anteriormente apuntadas en el apartado F. Pero, a pesar de todo esto, es conveniente que el ser humano confíe en la existencia del mundo que le rodea como si fuera ciertamente el mundo real, ya que de lo contrario resultaría inútil toda búsqueda intelectual y sometería al individuo a un pasotismo absoluto que en nada beneficiaría el progreso de la humanidad en su conjunto. Así, a pesar de que en sentido estricto el hombre no pueda alcanzar mayor conocimiento que el descrito en el apartado F, el sujeto debe creer en el conocimiento condicionado como verdadero conocimiento, para de esta manera construir su propio futuro y el futuro de la especie en su devenir como miembro del Universo. Además, debido a que el no poder asegurar que el mundo que nos rodea es ciertamente el mundo real no implica que este mundo no tenga por que serlo, cabe posibilidad de que realmente los conocimientos condicionados que como individuos y como especie vayamos desarrollando, sean en sí mismos conocimientos del mundo real. Algo, por otro lado, a la vista de la intuición de nuestra propia existencia, mucho más creíble que las posturas que puedan apuntar en sentido contrario. Así, aunque no podamos conocer más allá de las tres verdades expuestas en el apartado F, podemos creer que conocemos sobre todo lo demás que existe en el mundo que nos rodea, y eso, por sí mismo y en base a la pura intuición existencial, es ya toda una garantía de posibilidad real de conocimiento. ¡Aprovechémosla!